Romper Nuestros Cerebros II.

Romper Nuestros Cerebros  II.

“Antes que luchar, como lo hacen, por la legalización de la droga, ustedes periodistas, deberían luchar por la legalización del pan… luego de eso veremos” A. Saramago. Premio Nóbel de Literatura a la prensa española.

Causaron impacto las aseveraciones del gran letrado Saramago dirigidas a la prensa pero connotando una posición ética ante las prioridades del mundo de hoy. Ante fallos controvertidos sobre la posesión o trafico de la marihuana en donde se habla de un cierto poder medicinal de la misma aun cuando esta no fue dada por ningún medico y que si esto existiera el medico (habitualmente dedicado al tratamiento del cáncer) no recomendaría un “porro” sino un principio activo (el THC) que hace años ya está en las farmacias y de escasa venta ya que otros medicamentos para contrarrestar los vómitos y/o anorexias especialmente en los momentos de la quimioterapia son muy superiores en sus efectos al “porro” o al remedio que ya está en el anaquel de las farmacias. Medicamentos diferentes que al no tener el principio activo de la marihuana que es el THC (tetrahidrocannabinol) no causarían al paciente efectos secundarios como síndrome amotivacional, posible actividad alucinatoria, trastornos cognitivos y de aprendizaje. Cualquier oncólogo de nota contestará que el THC casi nunca es medicado. Las drogas hoy son un tema político. Político en sentido que forman un “combo” de los valores más prestigiados por la hipermodernidad actual. Solo importa el “ya” del goce presente. Se acabaron los ideales de la modernidad a la cual solo se la ve sesgadamente como que nos llevó al estalinismo, el nazismo y el fascismo. La razón que proclamaron los ideólogos de la Revolución Francesa, los ideales comunistas y los desvaríos fascistas así como la existencia de un mundo atravesado por la fé ya no existen. Las drogas  hoy son el “combustible” necesario para diluir los últimos restos del viejo sistema arcaico, paleo-socialista y/o clerical. El nuevo hombre convive con las drogas y se cree como un Dios en la potestad de tomarlas y dejarlas, claro que por supuesto     ignorando  las leyes del sistema nervioso humano. Hoy el presente es la referencia esencial, se rompió con todas las tradiciones. La moda es el eje (¿soy moda?), la ética se ha metamorfoseado en el espejo prestigiado por algún productor televisivo que como un “Gran Hermano” me dice lo que se debe o no se debe hacer. Moisés cambio de lugar y el Sinai es la “tele-realidad”. Es el individuo lo que vale. Se acabó el otro. Es la era post-social. Pero a la vez somos más frágiles que nunca. Nuestro cerebro gran ignorado en esta nueva ética que se basa en una nueva “farmacopea” prestigiada, queda lesionado. Hay dementes jóvenes. Los servicios se llenan de enfermos compulsivos a la  “pócima” de felicidad que la cultura promueve como una alucinación válida y no dañina. Están “desencantados”; la cultura “narco” basada en la creación de sueños (“las nueva adormidera” o el nuevo opio de los pueblos) los deja impotentes. Ya no son si no tienen la dosis. Dejaron de ser libres. La química cerebral con sus leyes es fiel a si misma. Es como si nos dijera “si buscas droga afuera yo dejo de producir la mía; seguí buscándola afuera”. Los propios opioides endógenos y los cannabinoides que produce naturalmente nuestro cerebro son suplidos, no sin daño, por una droga que los variados “dealers” promocionan. El costo es que nuestro cerebro deja de producir drogas endógenas. Quedamos a expensas de otros que nos sobornan. Perdemos nuestra libertad porque las drogas son xenobióticos o sea el organismo no las necesita para vivir. Son extrañas al mismo. Son un señuelo, un símil de las que produce ya nuestro organismo. Pero este señuelo es un engaño. Ya empezamos a tener cerebros adictos. La civilización hiperindividualista que nos llama a convivir con las drogas nos transforma paradójicamente en esclavos y controlados por nuevos factores de poder. Por eso la ironía de Saramago es muy sabia ya que retomando la olvidada moral marxista, primero está el pan o sea el Otro con mayúscula.

Compartir