TÚNELES (5)

TÚNELES (5)

«¿Donde ir?…no importa donde con tal que sea fuera de este mundo» Baudelaire. Las flores del mal.

Túneles como moradas de la muerte para vivir circunvalando y desafiando «la parca» en los nuevos lugares de los «fumaderos» de paco como pueden ser los pasadizos de las villas o ciertos lugares recónditos del malestar urbano; o quizás entre luces y ruidos de maquinas y ruletas, o en la vorágine del «toma y daca» del frenesí del vértigo en la empresa, en la baranda de los «bolseros» detrás del mejor precio imaginado o en la jugada del «hombre público» frente al enemigo a aniquilar. Túneles en donde la adrenalina funciona a mil y el cerebro rápidamente se agota .Cada entrada en el túnel es más túnel construido. Más oscuridad. Menos luz se avizora al final del trayecto. Más desesperanza aprendida y al mismo tiempo menos «luz» en las neuronas que también se empiezan a apagar como sombra de un psiquismo también a oscuras. Claudicación, al fin, del organismo. Unido esto a drogas, tabaquismo, baja calidad en la alimentación, alcohol bebido como si fuera agua. O sea, envejecimiento precoz. Viejos jóvenes con lesiones en distintos órganos vitales; entonces hepatitis, sida, obesidad, diabetes juvenil, lesiones neurológicas que nos acercan a los seniles, infartos y arritmias por doquier en un corazón excitado y paralizado a la vez pero huérfano de vivencias y de afectos compartidos. Así estuvimos describiendo distintos «no lugares» humanos en nuestra ciudad. Otro túnel es la pandilla; ahí también no se ve luz al final del mismo.  Ahí por supuesto otra vez se puede aprender  la desesperanza. Las pandillas de hoy no son el intermedio entre los padres y el mundo que desde cualquier manual de psicología de la adolescencia se describía como un momento de transición hacia el mundo adulto. También el tango de la década del 40, 50 y 60 definía a la «barra» como la que generaba una identidad mientras se vivía entre los «cien barrios porteños». Hoy algo queda de aquello. Pero comienza a expandirse la pandilla como la expresión más siniestra de la socialización callejera. O sea de una de-socialización o de una socialización negativa (escuela del delito bajo la soledad de la falta de convivencias gratificantes).Pertenecer a una  esquina, una «cortada», un ciber, un equipo de fútbol como «barra brava» es un marcador de identidad. ¿Hubo padres en estos jóvenes? Habitualmente encontramos falencias, silencios, ausencias, buena voluntad pero falta de observación de lo que realmente sucedía. La socialización se da en la calle y con nuevos modelos idealizados (el jefe de la «barra brava», por ejemplo) que pertenecen habitualmente al mundo del poder callejero, el manejo de la billetera, de contactos con el poder local, de manipulación de contactos. El mundo mediático a veces los muestra como ejemplos de trasgresión prestigiada (amores con vedettes, manejo de manifestaciones en donde el poder de seguridad les solicita auxilio, viajes al exterior solventado por dirigentes, compra de protección, etc.). Todo esto funciona como un ideal prestigiado, que le da contenido a un ser vacío. Cualquier cosa, menos el vacío. El grupo de la esquina, la bandera del club que es custodiada como si fuera  «un manto sagrado»; todos estos son emblemas que marcan territorios de identidad y campos de acción (la otra pandilla que es de otro club forma parte del territorio enemigo).Hay un gradiente en los agrupamientos adolescentes. Desde el fenómeno sano del grupo de pares (amigos del barrio, del secundario, del trabajo, etc.) que es capital para el desprendimiento de los padres y como una transición hacia la juventud; hasta llegar a verdaderas enfermedades sociales, comunes hoy, en donde la identidad se realiza desde el «transa » de la esquina conectado siempre con el «transa» mayor. Así empieza la carrera hacia el «lumpenaje» (fenómeno de marginalización). En algunos barrios ser «barra brava» es escalar en la organización. Participar de los negocios. Incorporarse a otros códigos que nada tienen que ver con la vieja cultura del trabajo. Conocer reducidores de objetos robados. Las drogas, ya comienzan a ser un «lubricante » de manejo de los estados de animo hasta ser un habito cotidiano. Empezar a ser contratados para diversos fines de presión en función de múltiples padrinazgos. Todo esto se va aprendiendo y el tatuaje, en varias ocasiones, marca la diferencia entre las tribus barriales. Cada tatuaje es la herida en la piel de un trauma o de una pertenencia identificatoria. Mientras más nos internamos en este túnel  más van cambiando nuestros pensamientos, también la percepción del mundo. Nos vamos aislando de otras fuentes sanas de socialización (escuela, trabajo, deportes).El otro ya no es solo el diferente, sino básicamente el enemigo. Es el triunfo de lo oscuro frente a la luz o sea frente a la lucidez. Me alieno. El que se va «iniciando» desde la pubertad ve en el «transa» barrial un modelo a imitar. Los jefes se transforman en héroes, sencillamente porque como adultos no pudimos presentarles otros modelos validos tanto familiares como sociales. Nos podemos preguntar ¿estamos lejos de las «maras» (fenómenos pandilleros latinos y americanos)?.Sí y no. La gravedad es diferente. En nuestro débito tenemos el comercio internacional de drogas que está impactando fuertemente en nuestro país (los fenómenos del Bajo Flores son un ejemplo de ello), la eco-ternura familiar debilitada y la pérdida de lazos sociales.

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