El tiempo no para II.

El tiempo no para II.

“La persona vive un  conflicto intenso entre las exigencias de mantener la imagen publica y ser fiel  a sí mismo”·

Guillermo Maci. Psicoanalista y filósofo.

La novela televisiva marca un signo y señal de ciertos  grupos sociales en donde en muchos casos los variados personajes interpretados  por los actores nos representan de una manera genuina. El actor no solo  representa un papel dictado por un escritor sino que es representado por un modo  de vida masivo. Es hablado y actuado por miles de personas que viven ese drama  cotidianamente quizás sin saberlo. A veces vivimos algo con tonalidad dramática  en donde lo agonal y dramático es visto por los otros. La conciencia de lo que  somos y lo que actuamos es un “plus” que si lo poseemos nos empezamos a  rescatar. Ser consciente de sí mismos y de lo que nos pasa es una joya que  quizás algunos pocos poseen. Más bien nos vivimos como arrebatados por un  torbellino de acciones en donde quizás después de mucho tiempo nos damos cuenta  en donde estuvimos metidos. Somos victimas enceguecidos de un libreto de  nuestras propias vidas paradójicamente vedado y ciego para nosotros pero en  donde estábamos colocados en el papel principal del drama.

En ese “tiempo que no  para” me sorprende el elogio social al impulso. No pensamos, “corremos detrás de  la pelota”. Esto por ser masivo es imitativo, se contagia. El impulso es una  conducta elogiada a sea masivamente prestigiada y también por sus consecuencias  temida aunque éstas se vean mucho tiempo después. Siempre la masa se contrapone  a la noción de comunidad y también a la de sociedad. La masa es contagio,  desborde impulsivo prestigiado; que desemboca en conductas determinadas hacia  el sexo, el juego, el alcohol, los gastos, las drogas. Todos estos impulsos  prestigiados son también masivamente lucrados por un gran Otro que gana  enormidades cuando jugamos, nos alcoholizamos, nos drogamos, consumimos sexo en  los variados negocios propuestos. Lo masivo y el contagio es un instrumento de  alienación sostenida y sobornada por distintos “padre-padrone”. Muchos se  pueden rescatar cuando acuden a un consultorio por una ludopatía (“he  perdido  todo por el juego”), o por una  adicción a drogas y alcohol (un accidente orgánico, un conflicto legal), o por  una compulsión sexual (solo poder estar con prostitutas y quedar sujetos a una  tarifa para poder relacionarse afectivamente disociando el amor del placer). El  paradójicamente llamado enfermo es el que se puede rescatar de una hipnosis social  en donde el impulso queda elogiado como algo normal aunque nos precipite a la  nada.

Este rescate del sí mismo de  la alienación social (que no es la marxista sino la referida a una perdida de  la subjetividad o sea del ser persona) es quizás la tarea fundamental hoy.  Rescatar la persona íntima de las alienaciones que propone la maquinación  social que es un poder anónimo en donde solo formamos parte de una caja  registradora de gustos, refinadas perversiones, hábitos, deseos. Dejar la masa  para ser persona es pasar de la masa a la noción de comunidad. Del “ombligo” a  la convivencia. Del “ser vivido” por otros que lucran con nuestros deseos,  ignorancias al co-vivir, co-sentir, co-pensar. La adicción al impulso, es  a  lo que no se puede parar y no olvidemos  que adicción deriva de adición: lo que queda sujeto a la suma, lo que no puede  parar de sumar; como una máquina registradora que suma las 24 hs. A esto quizás  quedamos reducidos cuando nos perdemos de nuestro sí mismo. Quizás debamos  elegir entre vivir o ser vividos.

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