Fiestas I – 2009

Fiestas I

«El síntoma de hoy se articula a las  formaciones de masa- el hombre se ha masificado».

G. Maci- Psicoanalista

Estamos en las fiestas.  Lugar de encuentro con lo profundo de los vínculos y del recuerdo nostálgico y/o  melancólico por los que ya se fueron y un deseo puesto en el por-venir. Instante  que se percibe al tiempo como un fugitivo siempre presente y evanescente fugaz.  Lugar también de lo macabro. Es lugar de lo macabro porque las fiestas se unen a  la peor de las tentaciones de hay  como es el vértigo. La tentación del vértigo nos hace abandonar-nos. Quedamos a  la vera de nosotros mismos como un camino que quedó allá lejos y volcamos como  un objeto que se fue de “madre”. G. Marcel , el gran filósofo francés nos decía  sobre esto: “ el vertigo consiste siempre en abandonarse a …”(Decadencia de la  sabiruría-Emece). Ahí “el papel de la reflexión es minimizado o negado..”, nos  sigue diciendo Marcel. Queda el ser humano, entonces, degradado ya que desde el  vértigo cree tener un poder y en realidad decae hacia la impulsividad. Basta ir a las guardias de los principales hospitales los fines de semana  o a los patios de las comisarías para observar la otra Argentina profunda. Hasta  ahí no llegan los programas de investigación para observar cómo desde allí  comienzan o se están desarrollando existencias frustradas y crónicas en un  hábito compulsivo hacia la dependencia química.

Fin de curso, fines de año, festejos  varios. ¿Es fiesta lo que se vive en la era post-social actual? En la antigüedad  las bebidas espirituosas (así se llamaba al alcohol) se ingerían para alimentar  la danza, la comida y el encuentro humano que entonces era la clave de la  reunión. Hoy la ingesta es desmedida sin encuentros e incluso bailando solos. La  fiesta parece, más que un encuentro, un olvido. Una suspensión de un tiempo  mortificante . En la antigüedad la fiesta era un descanso ante los negocios. El  ocio reemplazaba al negocio. Hoy es, o parece ser, el triunfo ante la  mortificación. La mortificación- vivir con la muerte y su pesadumbre en la  cabeza- reclama un momento de libaciones y de olvido.

Los olvidos tienen  nombres químicos reclamados cada vez más fuertes: tequila, mezclas de bebidas,  éxtasis, GHB, ketamina, popper, cocaína. Verdaderas bombas en el cerebro y en  todos los sistemas orgánicos. Por unas horas me olvido de mi mortificación. Un  Yo alegre y complaciente se instala en mí. La “resaca” me traerá depresión  orgánica, corporal. Tomaré entonces algo para dormir o seguiré estimulándome.

Detrás de todo esto hay  grandes organizaciones comerciales del ocio, tiempo libre y de la venta de  sustancias legales e ilegales. En la era hiper lúcida de la ciencia y la  tecnología el hombre propuesto de los fines de semana es el hipnotizado por el  tequila y el éxtasis. Un sonámbulo que el lunes será un fiel representante de la  sociedad técnica. Material de descarte luego de los cuarenta con su primer  infarto, daños hepáticos y ataques de violencia o daños cognitivos e  intelectuales por el uso continuo de sustancias.

Lo que asombra es la desmesura, tomar e  ingerir hasta el ras. Límite que es sobrepasado porque nadie puede manejar  omnipotentemente el cuerpo. En muchos aspectos nuestro cuerpo nos es ajeno, no  sabemos cuando y cómo va a reaccionar. La sobredosis no es una cuestión de  cantidad, depende de factores cualitativos: estado de ánimo y de nuestro  organismo. Pero cuando se toma se alimenta la omnipotencia. Ingerir sustancias  es alimentar la omnipotencia que es un Yo artificial. La omnipotencia es  anestesiante, no nos hace sentir los dolores, los signos corporales. Muchos, nos  dicen los médicos que trabajan en las megadiscos capitalinas, se mueren sin  darse cuenta. Se habían anestesiado con las distintas drogas que ni sintieron ni  escucharon el infarto.

Desmesura, amiga y compañera del  exceso. La salud es amiga, mientras tanto, del límite. Hasta dónde puedo llegar.  Cuáles son mis posibilidades. Se ha olvidado el encuentro humano en la era  post-social actual. Las grandes organizaciones comerciales lucran con este dolor  de sentido de la vida y lo sobornan cobrando las dosis del olvido de la  mortificación

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