Hijos de nadie.

Hijos de nadie.

“El nomadismo es un  intento de encuentro con el gran Otro” M. Maffesoli. El nomadismo.

Jorge era uno de los tantos jóvenes que merodean los barrios  cobrando peaje, viviendo de la limosna también y organizando pequeños robos en  el vecindario. Nació en 1980. No conoció a su padre. Su madre prácticamente lo  abandonó aun viviendo con ella y con siete hermanos más de distinto padre. Un  padrastro lo golpeaba luego de las habituales borracheras. Recuerdo cuando me  contaba un suceso enormemente traumático; su padre volvió del bar confuso y  violento y lo colocó, teniendo Jorge 9 años, bajo una ducha fría en invierno y  lo golpeó con saña con una manguera. La rabia contra el padre se transformó en  un sueño de vida nómade. Al fin de cuentas el hombre cuando nace necesita echar  raíces y luego lanzarse a la aventura de vivir. Él no pudo echar raíces porque  el desvalimiento, el desamparo y la falta de reconocimiento con violencia lo  lanzaron a formar parte de los nuevos nómades de este siglo. La aventura del  vivir sin haber habitado una situación de reconocimiento lo lanza al desierto,  al éxodo de la nada siendo todavía nadie. Al fin de cuentas los indios  guaranies soñaban con una tierra “sin mal” y salían a buscarla en su nomadismo.  Para Jorge el “mal” estaba en la casa. El bien fantaseado estaba según un  relato barrial en un tren idealizado que llevaba al centro, desde su Moreno  natal. El centro para los pares, también golpeados y no reconocidos en su humanidad  era Caballito-Primera Junta. Va hacia allí como un “extranjero sin valijas” con  una ilusión que era también rabia hacia sí y hacia los otros que debían ser muy  parecidos a ese intruso golpeador o a la madre abandónica. Un verdulero de la  estación Caballito lo acoge y se convierte en un changarín que lleva de un lado  a otro mercaderías a cambio de comida. Un portero del barrio le brinda un  zaguán para dormir. Desde los diez años la calle lo gana. Pegamentos, alcohol,  marihuana. Empieza ya la carrera del joven crónico: comisaría, institutos,  hogares, etc. De todos lados se fuga y el deterioro del consumo avanza. Lo  conozco en 1997. solo quiere golpear o matarse. En varias oportunidades en una  comunidad terapéutica intenta suicidarse con objetos cortantes, sabanas e  incluso ahorcarse con su propio calzoncillo. Era un paciente casi terminal,  pero poco a poco se relaciona con el grupo de profesionales y con compañeros y  su cambio es evidente. Especialmente con un psicólogo que siempre lo salvó de  sus autodestrucciones. Al cumplir 21 años y vencer el plazo de la beca de una  institución pública de la minoridad tiene que irse. De vuelta a la calle y a  las drogas. Termina en la cárcel. Son varios años en donde vaga de hospitales  públicos a comisarías, juzgados y por último la cárcel.  Pero la experiencia vivida en la comunidad  terapéutica que debió abandonar a los 21 años lo marcó. Se transformó en un  sueño de un proyecto de vida distinto. Desde la cárcel llamaba al terapeuta que  lo salvo varias veces de la muerte. Era la imagen de padre buscada durante  tanto tiempo y que más que golpear reparaba, contenía y constituía. Pide  entonces hablar con el Juez de la causa (otra figura paterna sustituta) quien  le da la posibilidad de vivir en una Iglesia y colaborar con un sacerdote (otra  vez la función paterna). Hoy a los 26 años Jorge trabaja y va ser papá y empezó  un tratamiento con aquel psicólogo que lo habilitó para vivir y lo reconoció  como persona. Pasó de ser nadie a ser alguien.

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