Valorar la vida II

Valorar la vida II

«La tarea es reconciliar al hombre con la sociedad y la naturaleza, a la  sociedad con las personas, a los padres con los hijos, a la familia con la  escuela. Todos estamos disociados»

E. Morin.

Hoy surge con fuerza la “vida de calle” ya no son los viejos y conocidos chicos  de la calle de la década de los ´80 y ´90. La “vida de calle” denuncia un nuevo  vivir: poca escuela o anómica ésta o ya abandonada desde antes de terminar el  primario; casi nada de familia o con escasos limites para prevenir desvíos y  anomalías: hogar y escuela son “anticuerpos” para los distintos males. Esto está  en crisis. La calle se transforma en una universidad de lo negativo. Ricos y  pobres igual viven esta experiencia de caída de los sectores de humanización.  ¿Qué aparece en su lugar? La frialdad de una ciudad en donde la participación  ciudadana es mínima y en donde lo humano queda suplantado por la gestión  económica y comercial. El niño poco nutrido cognitivo y afectivamente queda en  el medio de estas transacciones y es un objeto más. Ciudades con amplias zonas  de desintegración social (bandas, gangs, grupos tribales, asentamiento de  mafias). Ciudades en donde conviven economías criminales que manejan territorios  basados en la droga, las  extorsiones, los trabajos “a pedido”, el “patoterismo” comprado.

La ley de la selva que es la caída de la Ley como vinculo y orden entre los  seres humanos es lo que impera.

¿Cómo recibimos a este niño joven que se des-educó y des socializó en Villa  1-11-14 o en Plaza San Martín?. Desfamiliarizado y desescolarizado arma una  estrategia de sobrevivencia basada en cuatro principios vitales: no confiar, no  hablar, no pensar y no sentir. Para sobrevivir no hay que confiar. El otro como  él es objeto. Todos somos objetos de transacción. La confianza no existe como  valor. El “hombre es el lobo del hombre” y parecerían darle la razón a T. Hobbes  el filosofo que anunció a un hombre decadentizado. Por ende si no hay confianza  no hay vínculos y compromisos estables.

En la vida de calle no hay que hablar. El joven no habla. Hablar es darse a  conocer y es demandar, pedir a otro. La interlocución y el diálogo no son  valores alcanzados. El grito y el golpe son las actitudes comunes. El silencio y  la mirada siempre alerta suplantan una vida llana. La paranoia es ley.

Luego está el no pensar fruto de la rapidez y frenesí de esta vida de  sobrevivencia atroz en donde el impulso suplanta a la reflexión. Además el uso  de drogas desde edades tempranas inhibe y deteriora la capacidad de pensar.  Destrozan las conexiones cerebrales más evolucionadas que están para nacer en la  pubertad y así el hombre futuro decae en la “animalidad” del cerebro más primitivo. Las drogas oscurecen la vida del  primer cerebro (lóbulo frontal) y deja liberado al llamado segundo y tercer  cerebro que es asimilable a las organizaciones de los mamíferos y reptiles.

Por ultimo en la vida de calle está el no sentir. Ahí una piedra en el corazón  es lo que existe. El corazón sensible no vale. En esta vida la amenaza, el “apriete” la golpiza están a la orden del día. Solo hay que no sentir.

Así los recibimos en los centros de rehabilitación de drogas. No solo inundados  de drogas sino también anestesiados a una vida auténtica y plena por la  sobrevivencia callejera. Sin escuela y sin, casi, familia. Parafraseando a E.  Morin, pensador francés, esto es “la barbarie o sea la cultura de la muerte”. Todo termina después en la sociedad de masas en una noticia a la salida o dentro  de un boliche, en un estadio de fútbol, en los espacios públicos. Noticias de  las tragedias cotidianas.

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