DUELO

DUELO

“…la muerte de mi padre me ha afectado profundamente; sin duda su vida en si ya había terminado hace tiempo pero su muerte real ha hecho revivir en mí todos mis sentimientos más tempranos, ahora me siento completamente desamparado…”

Carta de Freud a un amigo luego de la muerte de su padre el 2 de noviembre de 1896.

(La palabra desamparo remite a solo, indefenso, abandonado, perdido, inerme, huérfano)

El otro día me impactó ver a dos funcionarios que me consultaban por un amigo con problemas psiquiátricos con el crespón de luto, corbata negra y ropa oscura. Por un momento solo vi el negro de la ausencia y no podía escuchar la presencia de ellos y su dolor referido en este caso al compañero de trabajo con dificultades emocionales. En ese momento recordé trozos de mi infancia con lutos que duraban varios meses y las pujas y comentarios cuando alguien ya usaba el medio luto. Era una afrenta al que ya no estaba; el luto era el testimonio de la presencia- ausencia del muerto –vivo. El luto era también como seguir en compañía con el que ya no está. Había en los 50 y 60 una sabiduría muy grande; el tiempo de luto era un tiempo de pena porque además sin luto no podía haber luego vida. Había que velar al otro para rescatarlo sin presencia cotidiana pero como compañero eterno en la memoria y en nuestros, afectos. Pensé en la muerte de mis padres y que me llevó varios años aceptar y en mi infancia cuando apenas pudiendo caminar y balbucear, recordé la muerte de Eva Perón y la calle de mi barrio en Colegiales como una gran Iglesia con velas y silencio. Ahí, creo, empecé a darme cuenta que la muerte en sí misma es un misterio y el límite mismo de nuestro Ego así como el nacimiento del motivo y el proyecto por el cual vivimos.

DUELO PATOLOGICO

Es que el duelo es la vida misma. No sólo cuando desaparece alguien querido sino, también, cuando alguien nace y aparece para siempre en nuestras vidas (nacimiento). Duelo por ausencia en el muerto y duelo por presencia en el que viene. Ya no vamos a ser los mismos. Cuando alguien se va podemos irnos con él (duelo patológico) o aceptar luego de un proceso que pasa por varias etapas su compañía en un nivel anímico, espiritual y de recuerdo o sea en el corazón. En el duelo patológico nos estancamos, la vida se suspende, nos melancolizamos. La melancolía parece ser la “frialdad” del muerto en nuestras vidas. En otros casos en estos tipos de duelo tenemos conductas de riesgo (velocidad, drogas, consumo de psicofármacos, etc.) quizás como intentos restitutivos de volver al muerto o el miedo a vivir sin èl y que a veces puede culminar en un suicidio.

En la vida que nace o en la muerte aparece el ser de la vida decía Gabriel Marcel (filósofo francés). Vida y muerte son los lenguajes del ser. Ahí es donde el misterio de la vida se nos aparece en su plenitud. Cuando nace alguien, especialmente un hijo, ya no somos los mismos porque al necesitar incluirlo en nuestras vidas esto nos interpela pero también nos puede asustar.

DUELOS DIARIOS

Pero también podemos decir que la vida en sì misma es un duelo permanente entre lo que creemos ser y lo que somos. Conflicto permanente entre lo imaginario y la realidad. Crecer es “duelar” permanentemente el narcisismo que nos aliena y nos persigue como una “sombra” tentadora, a la soberbia que nos multiplica en nuestra ignorancia y en el egocentrismo. Somos quizás si podemos “duelar” nuestra egolatría narcisística. Este es un duelo diario porque lo que va a nacer si lo podemos realizar es nuestro sí mismo, garantía de nuestra autenticidad y del rescate de la realidad. Nuestra verdad como identidad y autonomía. En este duelo, como en todos los duelos, hay también dolor. Dolor para poder llegar a ser sí mismo. Tarea permanente y nunca finalizada porque la recaída en la tentación del narcisismo es permanente.

Dolor de crecimiento. La realidad era solo un parecido con lo que creíamos. El otro no es nuestra imagen duplicada sino que tiene una realidad distinta, autónoma y diferente.

Tanto en el duelo por el que se va como en el duelo de incluir al que viene (hijo, pareja, nieto, etc) o en ese duelo de todos los días que describimos como casi un renacimiento permanente de nosotros mismos parece ser la aceptación la palabra clave. Aceptar lo que ya no es.

Compañera la aceptación de otra palabra clave como lo es la humildad. Aceptar lo que es con humildad. El dolor de lo que ya no está nos dará la alegría de lo que vendrá. Tarea permanente de humanización de nuestras vidas.

 

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