ROSARIO II

«debemos aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas»

Edgar Morín. Educación para el Siglo XXI

El Barrio Nva. Alberdi de Rosario es una metáfora de otros lugares en donde reina la muerte .Lo hemos mencionado la semana anterior como un símbolo del deterioro de lo humano. Conozco porque he trabajado y trabajo con situaciones límites en otros barrios críticos de la Ciudad de Buenos Aires y del Conurbano bonaerense. Incluso escribo sobre esto para “curarme “del dolor que me plantea en mi intimidad esta realidad. Comunicarla es también una forma de participación ciudadana. A  veces pienso que estamos “anestesiados” ante el deterioro. Ciertas zonas del Bajo Flores dan miedo .El padre Carlos Bouson, sacerdote de los denominados Programas Pastorales en Villas de Emergencia,  en una nota periodística del sitio  Infobae comenta como él   toma recaudos para poder trabajar en ese territorio social: el atuendo de sacerdote puede salvar de algún acto de violencia. La “legalización” , según él relata, y trivialización  del Paco (¿automedicación venenosa frente a la carencia de proyecto y de destino? ) es otra muestra más de   la cultura de la muerte que impera en estos verdaderos “campos de concentración” de los suburbios a pocas cuadras de Av. Rivadavia por ejemplo.

En esos barrios el luto, la violencia y la sobrevivencia con armas forma parte de algo que sucede todos los días. Los basurales (mencionados por el cura villero), forman parte del paisaje. El espacio público es fétido y peligroso y  es un lugar temido. Azaroso. Riesgoso. Siempre un  trauma marca un antes y un después en nuestras vidas. Aquí el trauma es permanente.  Esto genera un stress post-traumático que se  cronifica, es duradero, parece ser eterno y que lleva, en la mayoría de los casos, impactando a personas, grupos familiares, y al conjunto de las organizaciones sean estas laborales o sociales en general. El contexto que nos rodea también sufre ya que calles y rutas se tornan diferentes o sea intransitables por momentos. Vivir ahí  desde el punto de vista de la salud mental tiene un símil con las secuelas de la guerra y la post-guerra ya que se unen lo imprevisible de nuevos sucesos (como en una guerra sostenida) con la urgencia de reconstruir desde los escombros nuestras vidas o bienes fortificando diariamente desde la esperanza un proyecto individual, familiar y social.

Progresivamente se fueron disolviendo bases ciertas y firmes de la salud y de la convivencia en general:

a)    Se resiente la cultura del trabajo  ya que se “enseñan “ otros valores o sea disvalores de la calle en donde el delito es la principal escuela.

b)   Aparece con fuerza el desmembramiento familiar y la crisis de los vínculos: fractura de matrimonios, miedo a comprometerse, relaciones furtivas y pasajeras, hijos más solos y a expensas de los peligros de una sociedad cada día más delictiva.

c)    Cae la escuela como elemento de cohesión y la educación queda suplantada por el aprendizaje de un pobre vocabulario que sirve para los microgrupos que ahí habitan.

d)   La caída de la vida familiar lleva a que el niño tenga un contacto escaso con figuras paternas (padres inciertos o ausentes) y que la deserción y la violencia sean bastante comunes. El fenómeno de las migraciones   masivas de distintas zonas de América latina y del interior agrega otro factor más de fracturación social.

e)    El fenómeno de compra – venta de drogas y el consumo voraz y suicida lleva a situaciones en donde el incesto, la dilución de los vínculos generacionales (padre-hija., madre-hijo, hermano- hermana) parecen reinar.

Pero eso no pasa allá estando yo acá. No son dos mundos . Esto penetra la vida de las ciudades. Nos damos cuenta de golpe que vivimos en un mundo en red, interdependiente. Así percibo duramente como la pobreza que me rodea tanto material como moral interactúa sobre mi seguridad o con el consumo de drogas que aumentó y que todo esto es interdependiente con un contexto parecido al de una guerra urbana en donde rutas, calles, espacios públicos, negocios quedan bloqueados y/o rotos.

Va apareciendo la incertidumbre en distintos planos; en la relación con el otro que al no verlo porque tiene tapado su rostro me genera pánico, miedo y desconfianza; cambian las circulaciones cotidianas, aparece la barbarie en las calles, la luz del día es salvadora, así como la noche es peligrosa.

IMPACTO en las PERSONAS

Surge un hombre a la «intemperie», desprotegido de instituciones hasta ahora eficientes, solo en una muchedumbre, golpeando o llorando, hablando solo y casi siempre no escuchando más que su propia voz. Temeroso de su futuro. Autocastigándose por no haber sido lo que pudo ser. Desorientado. Sometido adictivamente al discurso nihilista (en nada ni en nadie hay que creer), escéptico (no hay esperanza ni salidas posibles) y cínico (cualquier acción ciudadana tiene una segunda intención espúrea, no hay ningún compromiso auténtico); discurso paranoico que inunda las calles y los medios con portavoces privilegiados.

Todo esto se manifiesta en lo anímico y lo conductual: aumentan las depresiones con huidas hacia el alcohol, los somníferos y la drogas estimulantes (cocaína, anfetamina); se incrementa el pánico ansioso que alteran el estar cotidiano con inquietud, nerviosismo y cambios neurohumorales que repercuten en distintos sistemas del organismo especialmente en el aparato cardio-vascular con efectos impredecibles que van desde la taquicardia hasta el infarto dependiendo esto del monto de pánico en que se viva; se incrementan los trastornos de conductas: vandalismo, peleas, violencia familiar, incumplimiento de responsabilidades legales; surgen retraimientos sociales viviendo en muchos casos una persona encerrada en una burbuja informativa mientras lo inunda la ansiedad ante la audición de la voz catastrófica del locutor

SALIR de esta LOCURA SOCIAL

Esto está «matando» a muchos, desde muertes reales hasta atontamientos progresivos. ¿ Por dónde empezar a rescatarnos? Salir de la anestesia como ciudadanos y recuperar  el valor máximo que es el sí mismo o sea la vida que encarnamos. La mega muerte que nos rodea no nos puede «llevar puesto». Incluso esta experiencia puede ser un aprendizaje, y en cierto modo  ya lo es. Tomar nuestra estatura, cuidar nuestro proyecto de vida personal, regar nuestras raíces todos los días y proteger desde el sueño hasta nuestros afectos y amores más profundos. Lo que va a quedar del vendaval es la solidez de un proyecto personal desde donde surgirán todos los proyectos posibles. Forzarnos por tener un pensamiento propio ya que el refugio en la masa y en la horda que nos brinda un pensamiento «enlatado» es tentador. Pensamiento propio es atreverse a cambiar percepciones y lógicas que ya no sirven para este tiempo. No someternos a la polución  informativa. Informarnos sí. Ser adictos a informaciones contradictorias e interesadas nos quitaran el sueño y nos llenarán de pánico. Todos estamos aprendiendo, caen ilusiones y errores acerca de la realidad que teníamos y que ya son obsoletas. Se destruyen ilusiones sobre ciertos liderazgos y ciertas opiniones y todo lo ilusorio es bueno que desaparezca. La realidad nos está enseñando. Debemos escuchar. El otro archipiélago de certeza en este mar de incertidumbres es participar en proyectos sociales como lo hace el Padre Bouson. Si en el Principio está el Verbo , como dicen los antiguos textos , hoy el Verbo es Acción.

En este océano de incertidumbres  hay muchos archipiélagos de certeza, pero el principal a cultivar es la propia mismidad. Apostar a mi persona es la principal estrategia. Desde ahí crecerá todo.

«cuando lo esperado no se cumple, para lo inesperado un Dios abre la puerta»
Eurípides Siglo XXV A. C.
Dr. Juan Alberto Yaría

Director del Instituto de ESTUDIOS SUPERIORES GRADIVA EN ADICCIONES Y PATOLOGIAS DEL DESVALIMIENTO SOCIAL

Compartir