Violencia y Cerebro

 «…hay que patearle la cabeza hasta que salga sangre”,

«…Hay que tomar «merca «hasta que los ojos se te den vuelta…”,

«…Las lesiones más comunes que llevan a la muerte en la noche son golpizas sobre el cerebro o una lapicera clavada sobre la yugular (medico de emergentología)».

Dichos del  programa «Policías en acción»  (Canal Magz.)

Drogas  es sinónimo, hoy, de violencia.  Violencia contra otros y, fundamentalmente, contra sí mismo. El cerebro queda así estallado por el consumo. La ceguera del otro va de la mano con el drogarse.  Hay un tipo de televisión que nos ilustra y enseña, aún con patetismo, sobre el borde del drama que puede culminar en tragedia sobre las escenas de la «ciudad invisible»,  que se hace visible por  la noche.

Así se va sellando  desde un adentro-afuera la muerte de lo pensante, de la diferencia «plus» con el animal y el reptil. El primer cerebro que como “homo sapiens”(hombre) nos separa de los monos queda reducido por una intoxicación o por un «patada» a subordinarse al segundo cerebro que nos une a los mamíferos o en última instancia, al tercer cerebro que nos une a los reptiles para sólo respirar , ya en coma o pre-coma. Tenemos tres cerebros en uno, el adentro-afuera de los otros, o de nosotros mismos nos condena a vivir con sólo dos cerebros.

LA PARANOIA EN LO SOCIAL

El pensador E. Morín nos habla de una época en donde la barbarie retorna como megamuerte organizada  y en donde desde lo interior-exterior  retorna el

«hombre lobo»,  aquel que le llegó a decir a T. Hobbes que el «hombre es el lobo para el hombre».

Personalmente también me adhiero a aquellos pensadores que nos hablan de una era post-social. El otro estorba. Molesta. La paranoia reemplaza al vínculo.

El maestro de médicos y psicólogos Dr. R. Frenquelli (Univ. Nac. de Rosario) nos enseña  que el cerebro sano se construye constantemente y en donde el afecto amoroso es el hilo conductor de toda esa tarea. Los humanos por experiencias existenciales podemos llegar a destruirlo.

El alcohol y las drogas dañan toda la estructura cerebral pero fundamentalmente a esa estructura diferencial que es el lóbulo frontal. Acá cede lo humano, no podemos esperar y el otro ya es un enemigo a destruir.

EL CEREBRO Y EL AMOR

El cerebro depende en su constitución química y eléctrica o sea energética de un sistema comunicacional amoroso y socializante. El cerebro es también y fundamentalmente social. Las drogas, como factor neuro-tóxico, suspenden temporalmente y luego definitivamente cuando en su uso crónico lesiona zonas centrales de contacto con  la realidad. Creo que el uso crónico de ciertas drogas (especialmente las estimulantes) generan en cierto tipo de personalidades una «sociopatía adquirida» (aquí ya la compasión por la víctima es casi nula).  Surgen lo que  se denominan personalidades “desalmadas” o psicopáticas.

El cerebro pesa , aproximadamente, un kilo y medio,  y es habitualmente un 2% del peso total corporal. Ahí moran, también aproximadamente,  100 mil millones de neuronas y 300 mil millones de uniones entre neuronas (sinapsis). Desde ese kilo y medio se procesa e interpretan los estímulos sensoriales, controlan los movimientos, se generan las distintas memorias, tareas cognitivas y lingüísticas y el estado de ánimo depende de los distintos lenguajes químicos y eléctricos de esta singular energía.

Pero , al mismo tiempo, ese cerebro depende de un capital social. Es el producto de una cultura «refinada» que no es ni más ni menos que la humanización y la protección del valor de la vida.

CEREBRO Y DEVALUACIÓN DEL CAPITAL SOCIAL

Si la información que carga ese cerebro muestra un capital social nulo o casi inexistente somos entonces testigos mudos de muchas escenas de violencia homicida y/o suicida .  La anomia o sea la «anemia» de normas también tiene como símil un cerebro devaluado y pisoteado.

El gran tema es como nos tratamos o como nos queremos y de qué manera se instaló el Otro en nuestras vidas y  por ende en nuestro cerebro. Cuando el enemigo está en nosotros mismos, nuestro cerebro se transforma en un campo de mortificación. Nos transformamos, de este modo, en  nuestro propio campo de concentración.

Las guardias de los hospitales se convierten en un paso previo, en muchos casos, al cementerio. Sólo una cámara testigo rompe la «complicidad» en donde todos estamos metidos.

Las ciudades fantasmas o invisibles sólo se hacen visibles desde la luz mortecina de una guardia atestada o desde una cámara testigo.

DR.JUAN A. YARIA

DIRECTOR DEL INSITUTO DE ESTUDIOS SUPERIORES GRADIVA EN ADICCIONES Y PATOLOGIAS DEL DESVALIMIENTO SOCIAL

Compartir