La brújula y los desaparecidos sin nombre.

“…durante todo el día Parry había intentado ir hacia el Norte y a la noche se encontró mucho más al Sur…había perdido la brújula” (Ortega y Gasset-Meditaciones del Quijote”)

Me sorprende Juan Carlos con sus 24 años luego de haber pedido ayuda a su madre cuando lo conozco en la comunidad terapéutica. Me narran sus familiares que vagaba por Once buscando Paco. Perdido como un “nadie” en la ciudad buscaba en los tachos de basura una comida para satisfacer su hambre y también buscaba como encontrar saciar su otra “hambre “, la de drogas. Se metió en lugares críticos para conseguirla; ofertó su cuerpo por dosis a hombres y mujeres (esto se da hoy las grandes ciudades) . Vagaba por calles oscuras y por tugurios de casas tomadas llenos de “dealers”, rufianes, proxenetas y toda otra denominación que alude a las perversiones y los negocios de la perversión.

Clínicamente no tenía registro de lo que le pasaba ni noción de su estado de deterioro de días y días de gira por una ciudad no precisamente hospitalaria. Era un “desaparecido sin nombre” que como un “mutante” sin rumbo viajaba desconectado del mundo y, a la vez, anestesiado por diversas sustancias. Dormir era un logro; podía caer “fusilado” por el agotamiento pero el descanso reparador que todos tenemos era casi un “sueño “para él. Había llegado a lo que clínicamente se conoce como “anosognosis” que es lo que le sucede a los pacientes que por daños cognitivos –neurológicos no tienen percepción de sus déficits. Otro paciente me decía sobre estos momentos que habían perdido la brújula, dato de la interioridad que permite monitorear nuestras decisiones y “nortes” en la vida. Las intoxicaciones severas y crónicas llevan a eso…un trastorno neuro-psiquiatrico en donde quedamos desposeídos de nuestro si mismo que como brújula nos auxilia en la lucha por vivir.

Además su vida era manejada por la indiferencia, no se lamentaba por lo que le sucedía y por el deterioro vital y ético en el cual había caído. Anestesia afectiva y emocional que médicamente se llama Anosodiaforia .Los demás podían compadecerse y sentir pena por él. El no registraba sus emociones lo que le hubieran permitido reaccionar.

La pérdida de la brújula

Hay miles así en ese nuevo “campo de concentración” con “alambrados imaginarios” que es la propia ciudad con desaparecidos sin nombre y que buscan la dosis sin registro de sí mismo y sin una brújula que los oriente (símil de un cerebro en funcionamiento y no intoxicado severamente).

Juan Carlos era un estudiante universitario casi por recibirse de médico. Su vida universitaria y sus excelentes rendimientos escolares en la escuela secundaria y en la primaria contrastaban con este presente incierto y suicida. Distintas historias de su vida lo impactaron y abrieron un vacío que lo sumió en angustia. Se enteró que era adoptivo que no podía ya conocer a sus padres. Grieta en su Identidad que para muchos es un golpe traumático difícil de elaborar. Otros agradecen a los adoptantes. Mientras que algunos desechan esa ayuda recibida de sus padres que no podía tener hijos y no pueden ellos adoptar a sus padres adoptivos. Movimiento clave éste para la superación de esta circunstancia vital.

Sigue estudiando y creciendo en su carrera universitaria pero el germen de un resentimiento feroz se apoderaba de él. No tuvo recursos para acudir a un terapeuta, a un amigo, a sus propios padres para hablar y sostener sus pesares en el dialogo con otro. Ahí empieza a consumir todo tipo de alcoholes y drogas…hasta culminar en la compulsión “infernal” del Paco. Perdió la brújula. Dos vidas. Disociado. El futuro médico y el desaparecido sin nombre adoptado y rechazando la adopción y que vagaba por las ciudades buscando la dosis.

Milagros en la ciudad

Pero en la vida hay “milagros” o sea instantes en donde aparece alguien que ayuda a pensar. Se acurruca en las escalinatas de una iglesia aledaña que estaba en los pasillos de una Villa. El sacerdote le dice: “o entras o te quedas afuera”. Esto opera en él. Se abre un campo de interrogación y conciencia que antes no tenía. Ese religioso ya antes lo había ayudado…son los misterios de la función paterna que abren y permiten pensar.

Ahí pide ayuda a la familia Así lo conozco. Me dice en el primer encuentro…entre frases entrecortadas, llantos y sistemas de lenguaje trabados por la intoxicación “…me empecé a perder en Once…era ya un perdido (ahí pienso en l brújula otra vez y el maravilloso cuento de Ortega y Gasset sobre ella) “. Mientras me sigue hablando… “no me merecía eso y “cartonear” comida y objetos para vivir.

El tratamiento fue duro. Hoy es un médico que ha recuperado su dignidad. Se ha reencontrado con su vida y aceptado su adopción y la imposibilidad de conocer a sus padres biológicos porque ya han muerto, pero pudo conocer a la familia de ellos. Se atrevió a eso y a agradecer a sus adoptantes por lo que habían hecho.

Las historias de vida de los pacientes se agrupan con historias de la ciudad. La pérdida del lenguaje como medio de encuentro y la “droga a la mano” operan como vehículos de huida y de desaparición de una existencia autentica. Los tugurios ofrecen esos campos de concentración con alambrados imaginarios que muchos nos fabricamos para huir de la exigencia de existir. En la comunidad terapéutica Juan Carlos recuperó esa dignidad. Podría haber sido un resto más que terminara en un “container” en la lucha de los desaparecidos por la dosis final. Hoy es un médico y ha estructurado un proyecto de vida en donde la reconciliación se da la mano con la aceptación, la humildad y el servicio…valores fundamentales en un proyecto sano.

Juan Alberto Yaria
Director General GRADIVA-Rehabilitación en Adicciones.

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