A León lo conozco cuando tiene 14 años. Un padre dolido y resentido  por lo que le pasaba me confía que su hijo vivió solo en la infancia pasando de casa en casa por  el abandono materno. Él trabajaba  también todo el día .Se unió a otra mujer y con ella tuvo varios hijos .La nueva mamá también lo rechazaba. Así crece León en este contexto de rechazo  y desapego.

León desde siempre vivió en la calle .La casa (cual casa?) prácticamente no existía .EL padre cada tanto lo regañaba y trataba de ejercer su función paterna pero lo hacía violentando al chico y lleno de culpa por su ausencia y abandono. A medida que va creciendo en este clima va ganando contactos que nada tiene que ver con una vida sana; ladronzuelos de barrio, “barras bravas”, repetidores escolares y un grupo de chicos que pasaban por su misma situación de rechazo y desapego. Pronto las drogas que potencian daños cerebrales  despertaron  una epilepsia con convulsiones que llevaron a una operación compleja por un trastorno neurológico que tenía desde muy pequeño y que se desencadenó en él, en parte, por el consumo de sustancias.

Expulsado de todos los ámbitos y medios familiares llega traído por una Obra Social  como resto último de humanización y dignidad que él estaba necesitando .Así  empiezo a conocerlo. De ser un “resto” rechazado la tarea era que adquiriera  reconocimiento.  Sin reconocimiento  por parte de otros  no hay crecimiento posible. Las drogas eran solo en él la última alternativa suicida para una vida sin sentido y en donde primaba el desamor. Hoy se habla en psicología y psiquiatría de generar en los chicos “ambientes enriquecidos” en donde la estimulación amorosa, los límites, la transmisión de valores y de sentidos de vida son tan importantes como una buena alimentación. Incluso el desarrollo cerebral es diferente en un rechazado que en un chico que crece en ambientes enriquecidos.  Los chicos necesitan un “cerebro externo”, tarea clave de padres y educadores, para desarrollarse sanamente: el cuidado del ambiente físico, las caricias, las conversaciones, los juegos, el afecto y las canciones son fundamentales.

Con León trabajamos en la comunidad terapéutica dándole un ámbito de reconocimiento, de afecto, estudio y logramos que el padre acompañara todo este proceso. Así empezó a crecer y no a decrecer como cuando lo conocí.

Juan Alberto Yaria

Director General GRADIVA-Rehabilitación en Adicciones.