Ruta de la soja y las drogas

“dedicado a mis pacientes y a sus padres de estos territorios “tomados” no precisamente por la producción… y que están luchando”.

Desde hace varios años trato a jóvenes que vienen de pueblos del interior bonaerense y de San Fe. Muchos contactos profesionales me permiten ayudar a profesionales que los atienden por primera vez pero que dadas las circunstancias del consumo problemático que padecen estos muchachos les es imposible seguir en su territorio un tratamiento. Me asombran los cambios que se han dado en los últimos años por la multiplicación de la oferta de sustancias psicoactivas.

Pequeños pueblos de 20 .000 habitantes o villas de no más de 6.000 se encuentran tapizados por distribuidores. Un padre azorado me decía que hoy en esos pueblos los prestamistas no tienen más segura protección de su dinero que dárselo a los “dealers” que le multiplican al 20% mensual el capital original. Así crece geométricamente la oferta y por ende la demanda en núcleos vulnerables. Averiguando con pacientes recuperados de esos pueblos me confirman esta nueva modalidad de la “patria rentística” y usuraria en donde el capital no se invierte en producción sino en la multiplicación de consumidores.

Me estoy refiriendo a un cambio de escenarios en donde ya no son los barrios críticos del Gran Buenos Aires sino, también, el interior rico en cereales y en agroindustria al que llamé “Ruta de la soja y drogas”. Las vulnerabilidades en ambos sectores (interior profundo sojero y cerealero con agro industria y el conurbano) son parecidas en cuanto a la perdida de la vida familiar y la caída de la escuela como transmisora de valores. Por otro lado en ambos sectores la aceptación social del consumo junto a la tolerancia a las mismas –específicamente en la adolescencia- es un dato crítico. Temas –estos últimos- reiteradamente dichos a través de estas columnas. El oferente de drogas tiene un negocio seguro ya que no hay un sistema inmunológico educativo cultural protector desde la primera infancia.

LA LOGICA DE LA PLUSVALIA DE LAS DROGAS

A mayor aceptación social del consumo de drogas, mayor oferta de las mismas. A mayor oferta y cantidad de consumidores, mayor aceptación social y creencia de que no hay riesgos en el consumo. A mayor educación social y escolar de los riesgos en el consumo, menor oferta y menor aceptación social.

Estas son hoy leyes en el mundo acerca de cómo se incrementan las epidemias de drogas o cómo decrecen las mismas. Hoy en la Argentina la oferta sigue la «ruta de la soja» porque donde hay mayor riqueza habrá más capacidad de compra ante una oferta ávida de demandantes. Sólo hace falta que haya aceptación social, o sea un grupo grande de jóvenes que crean que consumir no hace daño. La órbita de las creencias es lo que va a fundamentar actitudes. De acuerdo a lo que yo crea, actúo. La ingeniería social de la producción del consumo necesita la creencia que las drogas no son perjudiciales a la salud; desde ahí ante una oferta activa se puede dar un aumento de la demanda.

En una provincia de gran producción de soja (S.Fe) se estudió en tres zonas (rural, urbana y otra urbano rural) el fenómeno de las creencias, las actitudes y la aceptación social. Se realizó este estudio para combatir los mitos (por ejemplo: las drogas no dañan) y encauzar una prevención social desde las escuelas. Los resultados en todos los territorios provinciales dieron muy parecido, lo cual demuestra que hoy, sobre las diversas localidades aún las más pequeñas, los impactos son globales.

LA PLUSVALIA NECESITA FALTA DE CONCIENCIA SOCIAL

Casi el 40% de los adolescentes cree que las drogas no dañan (lo cual asegura que ante la oferta haya una gran población sociológicamente cautiva). Más del 70% cree que no generan dependencia (esto estimula la idea que las drogas se pueden dominar en su uso cuando en realidad, y máxime en edades de máxima vulnerabilidad como lo es la adolescencia, es justo al revés). Más del 30% reconoce que hay mucha presión social para el consumo. Un porcentaje alto cree que es un factor de integración social (por ejemplo, para «estar bien» en las fiestas o en la vida grupal) llegando esto al 25% de la muestra. A su vez, un cuarto de la población analizada cree que no interfiere el ritmo de los estudios cuando en realidad la ingesta de estupefacientes es un predictor de descenso del rendimiento académico.

Estos cinco elementos estudiados: daño, causación o no de dependencia, presión social (compañeros, canciones, clima social, etc.), factor o no de integración y alteración o no del ritmo académico nos muestran que es alta la aceptación social. Una de las consecuencias de esto puede ser que el consumo ayude a marginalizar a un adolescente. Se ha demostrado que el consumo de drogas es un intermediario privilegiado para el delito juvenil. Se reconocen cuatro pasos: a) habilitación: «te doy la dosis pero me debes algo»; b) trueque: » la dosis por unas zapatillas» (por ejemplo); c) compra directa: paga para conseguir droga; d) entrada en el minitráfico a cambio de la dosis personal pasando de esta manera a un circuito delictual. Esto último se complica cuando el joven necesita más drogas porque su enfermedad lo lleva a tomar mayor cantidad de sustancias para conseguir los mismos efectos.

Todos estos son pasos que la sociedad, los padres, los docentes y los comunicadores debiéramos conocer para prevenir: desde la aceptación social de las drogas se puede pasar a conductas delictuales. Mi tarea clínica con jóvenes me lleva a ver a diario estas situaciones.

Juan Alberto Yaria
Director General GRADIVA. Rehabilitación en Adicciones.

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