Diciembre – Aceleración y huidas – Vacío

«… hay un lazo estrecho entre aceleración y una humanidad cada vez más pobre interiormente» – (G. Marcel. Filósofo francés. Diario Metafísico)

POR JUAN ALBERTO YARÍA

24.12.2018

Diciembre parece ser otro tiempo. Todo tiempo es mensajero de algo. Los tiempos anuncian algo y en los diciembres negros aumentan las conductas de riesgo y las voracidades sin límites. Surge así un verdadero cementerio de inocentes en el reino del goce sin límites que propone el consumismo desenfrenado.

Los `tiempos de diciembre’ anuncian a los impulsos con las huidas como compañeras. Los tiempos de celebración y contemplación parecen quedar para una minoría. La centralidad cultural pasa por otro lado en las industrias del goce sin límites y forman parte de la llamada «argentinidad al palo».

La cocaína y sus sucedáneos alcohólicos, pastillas con diversas fórmulas, «manadas» que se juntan en verdaderos torneos de aguante al alcohol o al sexo y todo esto mercantilizado formando parte de una industria de la huida con sus «delivery» «puerta a puerta» desde los variados sitios de venta en Instagram o en Facebook.

La feligresía convocada va desde abandonados por sus padres y, a la vez, «desclasados» de afecto, a los aventureros de la noche que desafían incluso los limites corporales, los desesperados en la incertidumbre que a todos nos limita y que caminan sin fe ni esperanza; y también por los esclavos o sea los que ya perdiendo el dominio de si no pueden hacer otra cosa. Lo hacen por obligación y se odian a si mismo todos los días mientras consumen.

Este contexto social y espiritual rodea al consumo masivo de estimulantes en nuestra sociedad. Aceleración, vacío, aburrimiento, huida. Todo industrializado en un ritmo de explotación y con miles de explotados. Caída del lenguaje. Ausencia del otro. Soledad con desesperación que se narcotiza. Fiesta permanente en un entorno en donde todos nos vamos liquidando.

RITMOS VERTIGINOSOS

Aumentan las consultas de accidentes, traumas, intoxicaciones, violencias maritales. Diciembre y sus ritmos vertiginosos en la calle, en los consultorios y en las clínicas de rehabilitación amparan mis reflexiones. Es, quizás una forma de salir del vértigo que como toda conducta masiva parece arrastrarnos, lo que motiva este artículo.

El mismo Marcel llega a decir que es, un llamado por él al pensamiento segundo, lo que nos va a rescatar de lo impulsivo e inmediato. Pensar parece ser una «mercadería» faltante en las góndolas de la post-modernidad. Todo es réplica, no se escucha al otro. Se contesta sin dejar que el otro termine de hablar. Falta la pausa que es el reino del pensamiento.

Las consultas aumentan y las peleas también. No nos escuchamos dentro y fuera de los consultorios. En el medio o en el centro de todo esto están las drogas que parecen ser el «combustible» necesario para sostener estas «locuras» en donde el otro y el Otro (el Dios del lenguaje como decían los griegos) está ausente.

Muchos son «cocainizados» sin cocaína. La adrenalina buscada y sostenida fervientemente es lo necesario para no escuchar. A veces me pregunto cómo llegan a conciliar el sueño estas personas. El vino y los sedantes conseguidos, sin ningún problema, hacen ahí su juego.

LA VOLUNTAD DE ANIQUILACION 

En esta guerra de impulsos es la `Voluntad de Dominio’ y `Aniquilación’ del otro lo que parece triunfar y la vida parece ser sostenida desde esta lucha en donde denigrar al otro es clave.

Precisamente el gran filósofo alemán K. Jaspers nos enseñó que había dos utopías imposibles de realizar; una era la vida sin luchas y la otra la guerra perpetua centrada en la voluntad de dominio.

El adicto vive entre estos ilimitados mundos de `dominio destructivo’ con el poder como meta (ya sea a las drogas, al sexo, al dominio sexual ya sea de hombres sobre mujeres, como de mujeres contra hombres o de mujeres contra mujeres).

La vida sin lucha culminaría ilusoriamente en la búsqueda de un narcótico que lo sumerja en un planeta de placer puro y alejado de todo conflicto (opiáceos) y, por otra parte, la guerra perpetua se motoriza con el combustible de la cocaína y sus sucedáneos.

La aceleración parece ser la nota clave en nuestras interacciones sociales. Parejas que se rompen. Golpes en los espacios públicos. Aumenta el consumo de alcohol y de drogas y esto parece compadecerse con una decadencia del lenguaje en nuestra sociedad.

SIGNO DE LA HUIDA

La aceleración la interpretamos como un signo de la huida. Huir es fundamental en el que vive en vértigo. Además no tiene atención porque en este estado no se puede «prestar atención» con todo lo esto significa antropológicamente. La atención no es solo una demanda hacia el objeto sino que es también una forma en que el otro y lo otro se conecte con nuestra subjetividad y por ende con nuestra historia, como maravillosamente lo enseñó P. Ricoeur.

DOBLE VACIO

Aceleración y huida van unidos y estos al vacío. Doble vacío; por un lado no hay Otro ni otros y al mismo tiempo se huye despavoridamente de la angustia de enfrentarnos con nuestro sí mismo. La conciencia es nuestro principal Juez y nuestra parte más profunda. Huimos también, entonces, de nosotros mismos.

En la noche se desatan estos dilemas y ahí el alcohol, las drogas y la «resaca» permiten huir, otra vez, de la voz de la conciencia (resumen del día, del año y de nuestras vidas). Sólo la droga como mensajero de un Si mismo alienado está y es buscada con apuro y deseo ferviente.

Así «vivir y huir parecen ser la misma cosa». Tratar a un cocainómano y a los «cocainizados sin cocaína» (productos industrializados de esta era del vacío) es intentar lograr que recupere su capacidad para pensar. Debe enfrentarse a las tentaciones que tan maravillosamente describiera Homero en la Odisea que son las tentaciones de los «cantos de sirena».

Esta vez estos «cantos» están industrializados. La huida en esta sociedad se ha masificado y se vive de ella desde el negocio de lo que debe multiplicarse todos los días siguiendo las leyes del capitalismo avanzado.

Este marketing fomenta verdaderas alucinaciones colectivas que garantizan la normalidad de lo que se hace (botellas, casinos, boliches con sectores VIP que funcionan como verdaderos ideales, drogas diversas, fiestas privadas con una «parafernalia» asegurada en quintas o zonas especiales, negocios de la desesperación y el goce sin límites, espacios de violencia gratuita y refugios del anonimato que permite que nadie nos identifique como son las «barras bravas» y los grupos de choque con «capuchas» incluidas).

«La huida está tan adherida a él que la considera como normal y no excepcional»; nos enseña M. Picard («La huida»).

El olvido de nosotros mismos queda, así, por un tiempo asegurado. La abstinencia nos hará volver porque ya hay estructuras cerebrales comprometidas en la reiteración de conductas.

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