El consumo de la peste blanca

Default humanístico. El pico mayor de dependencia futura se da cuando el consumidor comenzó entre los 12 y 18 años.

POR JUAN ALBERTO YARÍA

28.01.2019

Oscar de 15 años me sorprende, viene de una provincia interior con padres chacareros y a los 13 años comienza a consumir marihuana. Los padres descubren que entre sus plantaciones de diversos productos agropecuarios hay plantaciones de marihuana para uso de él y de sus amigos. Desde que comienza a consumir en sus tempranos trece abandona lentamente la escuela y sus hábitos de vida se alteran totalmente.

Juan consume cocaína desde los 15 años y los padres dicen que deja de comer, vacía toda su casa de objetos para vender y comprar drogas. Me recuerda las primeras experiencias realizadas en U.S.A. sobre la cocaína en donde los monos dejaban de comer para consumir cocaína y se morían consumiendo e inhalando. Es que el cerebro reptiliano manda cuando hay adicción y se pierden todos los valores preventivos y de cuidado de la salud.

Llegan a atención totalmente abstinentes. Su vida es el consumo. En el análisis de las adicciones hay varios fenómenos y entre ellos uno de los primeros es la edad ya que hoy se considera a la adicción como una enfermedad del desarrollo que comienza en la adolescencia y a veces en la niñez.

Hemos perdido la lucha cultural ya que hoy que las drogas (especialmente la marihuana y el alcohol) están «a la mano».

El mundo científico considera a esta enfermedad como una enfermedad del desarrollo ya que tiene su pico de entrada entre los 12 y 18 años de edad que es precisamente el momento que la personalidad y el sistema nervioso están en un estado de máxima vulnerabilidad.

El sistema nervioso en sus estructuras más evolucionadas recién culmina a los 25 años de edad y la inundación de drogas en la adolescencia y pubertad compromete toda la evolución. Se va asegurando así un deterioro de las capacidades cognitivas del ser humano (caída de la atención, memoria, pensamiento, capacidad de planeamiento y perspectiva, etcétera) como un cambio de los contactos y crecimientos sociales con grupos que no permiten un desarrollo humano integral. En suma se va hipotecando la adolescencia y comprometiendo el futuro inaugurando aquello que los viejos libros nos enseñan: enfermedad crónica, progresiva y terminal.

Esto resulta lógico porque a estas edades se realiza un cambio químico, neuronal, eléctrico y de funciones del sistema nervioso sensacional: A) Poda de neuronas, lo que no sirve desaparece y el cerebro se prepara para la magna idea del crecimiento futuro; B) Multiplicación de autopistas de información cerebral generando una conexión inédita de todos los sectores y por último finas sincronizaciones neuronales entre las 100 mil millones de neuronas y con sus trillones de sinapsis y conexiones. Todo esto se altera con el consumo y con la vida que esto conlleva, falta de sueño, sedentarismo, pérdida de oportunidades sociales educativas y sociales, etc. Todo esto va a quedar alterado.

La angustia del consumidor siempre es triple: cuando la tiene con el temor que se le acabe, el drama de conseguirla y al final cuando no la posee otra vez vuelve el miedo a no obtenerla de vuelta. El mundo del consumidor es de angustia y ansiedad por un objeto químico que se convierte en un objeto necesario para su supervivencia.

El pico mayor de dependencia futura se da cuando el consumidor comenzó entre los 12 y 18 años. Proteger con cultura, educación, prevención, límites, escuela, barrio, familia y todos los instrumentos de la cultura de la vida son fundamentales a nivel de salud pública. Alerta temprana y detección precoz son conceptos fundamentales en el mundo de la salud pública de hoy.

Palabras en muchos casos inaudibles y débiles frente a la avalancha de la «anticultura» promotora del consumo de alcohol y drogas y de la banalización de las consecuencias del uso de estupefacientes en medio de una sociedad «líquida» en lo normativo.

Tanto Oscar como Juan no son dueños de sí. Solo funcionan zonas del sistema nervioso de tipo instintivo y de búsqueda de sustancias. Han perdido capacidad de empatía y no pueden escuchar más que lo que le manda el imperativo de consumir y en uno de los casos con sus propias plantaciones en su campo.

EL POLVO BLANCO MAGICO 

En la década del 70-80 en Hollywood la cocaína era el «champagne» de las drogas que Eric Clapton (1945 y que recién en los 80 se recuperó de su adicción a la cocaína y la heroína) graficaba así en una canción: «…cuando el día ha terminado y quieres huir. ¡cocaína! …Cuando has recibido malas noticias y quisieras patear el cielo ¡cocaína!».

Mientras tanto en los laboratorios de experimentación animal los monos en consumo morían consumiendo y en las clínicas de rehabilitación aquello que se prometía como no adictivo dejaba enfermos por tendal.

Costó mucho aceptar esto porque la cultura predominante apuntaba al consumo sin límites de una sustancia que era considerada inocua y luego se comprobó que genera tolerancia (necesidad de mayor consumo cada vez), sobredosis, daños en tabique nasal, cerebrales, etc. La evidencia científica iba por un lado y la negación social iba por otro.

No podemos preguntar porque Juan y Oscar quedaron «esclavos» (eso es la adicción); uno teniendo su propia plantación y el otro vendiendo todo lo que había en su casa para comprar cocaína. No a todos les pasa lo mismo. El ser humano es un constructo de varios sistemas: a. mi genética (antecedentes familiares de enfermedades mentales y/o adicciones); la epigenética (que son los factores ambientales que pueden modificar pautas genéticas limitando algunos o en muchos casos potenciando enfermedades); factores del desarrollo y el tipo de crianza (los cuidados, contención, transmisión de valores, etc.); educación (tanto familiar como escolar hoy ambas en crisis) y por último el medio ambiente (cultura predominante, barrio, venta de drogas, «anemia» de normas, diversiones predominantes).

Todod estos sistemas genéticos, epigenéticos, del desarrollo, educativos y ambientales, por fin, interretroactúan sobre el niño, adolescente o joven y forman el conjunto de vulnerabilidades o de fortalezas que poseemos para enfrentar la vida.

¿HAY SALIDA? 

Nuestro lema en Gradiva es con tiempo, sin drogas y terapia todo llega y al mismo tiempo con tiempo y drogas todo también llega. Dos distintos destinos pero destinos al fin. En uno la posible rehabilitación y en el otro la mayor probabilidad del deterioro o la muerte. Para ello hace falta generar un triángulo virtuoso entre el residente, la familia o los garantes y el equipo terapéutico. Es un trabajo educativo, humano, médico, familiar y de reconexión social y con el mundo de la vocación no hacia la muerte sino hacia la vida.

Pero todo esto es poco frente a la magnitud de los cambios que propone la «modernidad liquida» (Z. Baumann) con sus excluidos de amor, dinero, contención y valores.

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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