La «Peste blanca» (2)

«…durante los brotes de Peste en Europa predominaron los Carnavales y las orgías» (Z. Bauman- «Mal líquido»2017)

POR JUAN ALBERTO YARÍA

04.03.2019

Hechos recientes en nuestro país en donde el plato lleno de cocaína, la «raya» en la mesa, el «papelito» o la «bolsa» fueron actores de noticias de muertes dudosas, asesinatos, femicidios o actos de crueldad simiesca me llevaron a recabar en mi memoria profesional y en la historia del consumo de cocaína en el mundo científico así como en los múltiples actores ideológicos que niegan la evidencia científica con una industria del marketing basada en intereses económicos participando de esta «peste» blanca que nos inunda. «Peste» blanca que se da en el medio de un cambio cultural en donde el individualismo acompaña al vacío de sentido de miles con narciso como ideal y la «bolsita» como compañera hacia el cementerio o al deterioro.

Todo empieza, para mí, en 1984. Una consulta de un empresario de la carne dueño de un frigorífico y hoy ya fallecido hace más de 20 años. La memoria de ese paciente llamado Jorge, todavía, está viva en mí. Me citan para una consulta en un hotel lujoso del centro porteño. Me encuentro con un hombre de casi 40 años rodeado de mujeres ligeras de ropa con un plato de cocaína y una botella de wisky que estaba ahí más como un desafío que como un reclamo de ayuda. Escucho a un «cuarentón» envalentonado que había tenido un ataque cardíaco y al lado el medico clínico que trataba de ayudarlo a bajar su hipertensión y su taquicardia. Su estado clínico no condecía con su soberbia.

El médico me muestra su cavidad nasal y nunca vi un deterioro igual con su tabique todo carcomido. Me sorprendió que hablaba con dificultad. Tenía un orificio en el paladar generado por la propia cocaína. La negación de su estado era muy grande, decía que consumía solo los fines de semana y que le gustaba hacerlo con varias mujeres a la vez. El «combo» sexo-cocaína era fundamental para él y siempre acompañado de mucho wisky para apaciguar la excitación del estimulante. La impotencia sexual lo perseguía y es un habitual acompañante del consumidor de coca. Estimulaba la imaginación perversa y, al mismo tiempo, la defección e impotencia eréctil.

Hablé mucho con él, lloró porque su poder económico como super-millonario se unía a una gran labilidad afectiva, soledad e hijos y mujeres que lo abandonaban. Pero no podía hacerse cargo de eso y tratarlo. La seducción del olvido de su sí mismo y de sus padecimientos se llamaba cocaína. Quedó muy agradecido y su catarsis más los medicamentos antihipertensivos junto a tranquilizantes y que desapareciera el «plato» blanco seductor fueron tranquilizándolo y, a la vez, con mejoría de sus parámetros vitales.

Le propuse tratamiento e internación porque su voluntad ya estaba fallando y no podía controlar su abstinencia. No me escucho. Sus negocios eran más importantes y por supuesto la «verdadera mujer» que lo llamaba a un juego auto-erótico que era la coca. Me llenó de dinero ese día. Solo lo había escuchado y había podido llorar frente a mí. No le había pedido nada, pero su lenguaje era dinerario y me lo demostró. Esas dos horas que estuve con él me enseñaron mucho.

Mientras en el mundo se hablaba de un «Poder sólido» y de un «Mal Pétreo» en los términos de Z. Bauman iba surgiendo un Poder Blando y un Mal líquido. Los profetas del Mal Sólido como lo fueron en el siglo XX Stalin y Hitler con sus Gulags, campos de concentración como encarnación de ese Mal juntando muertos en un genocidio visible. Al mismo tiempo se iba configurando en el Mundo un Mal líquido con un Poder blando seductor, atrapante, químico en donde el principio de realidad cedía ante la orgía de lo imaginario corporizado en un «polvo blanco».

H. Huxley (1894-1963) lo anunciaba en «Un mundo feliz» en donde no se iban a necesitar bayonetas para adormecer ciudadanos, sino que la seducción de los vendedores de imágenes (Vance Packard -1914-1996- también lo decía en su libro «Formas ocultas de la Propaganda») y las drogas iba a bastar. Para que más en una sociedad que ya había empezado a ser individualista y con Narciso como ideal de vida. En ese momento ya Pablo Escobar era el gran recolector de dólares de ese mundo químico y a los pocos años en Argentina suicidios de artistas y de distintos personajes llamaron la atención en donde el consumo de coca era fundamental.

Estudiaba en U.S.A. por los 80 mientras en California los intelectuales y los artistas festejaban un nuevo champagne que era inofensivo y se llamaba cocaína. Eric Clapton lo graficaba así en una canción: «… cuando el día ha terminado y quieres huir… ¡cocaína ¡Cuando has recibido malas noticias y quisieras patear el cielo… ¡cocaína¡!»; mientras tanto en los laboratorios de experimentación animal los monos en consumo morían consumiendo y olvidaban alimentarse y en las clínicas de rehabilitación aquello que se prometía como no adictivo dejaba enfermos por tendal.
Mi maestro de entonces en U.S.A. Gabriel Nahas discutía sin éxito con los profetas del nuevo mundo de la química en donde ya en la Universidad de Berkeley (California)había carteles que anunciaban «Bienvenidos al nuevo mundo de la química». Se promocionaba el consumo recreativo de algo inocuo mientras desde otros lugares se veía la muerte, el deterioro y la ocupación cual «ejercito de dominación» hacia trizas los sistemas de motivación del ser humano apagando la voluntad y por ende la libertad.

El «mal líquido» ataca evidencias científicas; surge el imperio de una ideología del placer en la naciente sociedad individualista y que además niega a la naturaleza bio-psiquica del hombre en su complicada metabolismo químico y eléctrico. El cerebro no forma parte de lo que hay que tener en cuenta. El imperio de lo represivo sería educar para la salud, la alerta temprana y la detección precoz de esta enfermedad que ya muchos definían como progresiva crónica y terminal. Se negaban las psicosis generadas por el uso de cocaína, así como los síntomas de abstinencia.

Los que estudiábamos nos encontrábamos ante dos discursos: por un lado, el clínico y por otro el ideológico con un marketing seductor como opera hoy el «Mal liquido» en términos de Bauman con la característica de crear victimas desentendiéndose de lo que ha generado dejando a miles a la intemperie, descerebrados e impotentes sin libertad. Surge así lo que el maestro alemán llama «la indiferencia ante el mal en donde ahogarse en el mar parece ser señal de libertad». La muerte es la señal de la libertad de elegir, precisamente en aquel que quedó dañado en su propia capacidad de tomar decisiones por su adicción.

TRISTE Y SOLITARIO FINAL
En 1990 un hijo de Jorge me llama ya que su padre siempre le hablaba de aquel encuentro en el hotel de la Recoleta conmigo. Estaba en terapia intensiva ya que su deterioro lo había llevado a una neumonía que manejó sin cuidados médicos y mucha cocaína. Ya no había empresas, ni mujeres que lo rodeaban y la sala de cuidados intensivos era una señal muda de su vida. Lo salvo su violencia en un sanatorio cuando le dijeron que no lo podían atender porque ni siquiera había pagado la cuota de su obra social e igual lo atendieron porque se moría entre en ataques de tos, ahogos y fiebre alta mientras los guardias de seguridad lo depositaban en una guardia. Cuando me vio su tristeza se pudo trasuntar en relatarme que estaba solo, sin dinero y abandonado con un hijo que lo cuidaba.

El deterioro de su vida era evidente y lo sostenía el amor de ese hijo, pero había quedado preso del consumo y las compulsiones dirigían su existencia (la compulsión es un marcador de como la cocaína es una droga adictiva); él no quería consumir todos los días, pero todos los días lo tenía que hacer. Lo seguí viendo en terapia y cuando le ofrecí un tratamiento me tomo de la solapa y me quiso trompear aún estando entre sueros y cánulas. El adicto protege su enfermedad aun cuando lo lleve a la muerte. Me tuve que retirar.

Mi maestro francés C. Oliweinstein me decía que al consumidor le cuesta entender que el placer no es ilimitado tiene un límite y la cocaína le permite sortear esos límites tratando de hacer posible que desde una ilusión el placer es total. Cuando queremos ir más allá del placer nos enseñaba Freud aparece la Muerte. La droga no es una forma de hedonismo, es una forma de morir en pleno éxtasis. La ilusión del placer total nos lleva a la muerte. Jorge estaba cerca de eso. Ya le era imposible parar de buscar el placer (su cerebro incluso estaba lesionado en sus áreas de control) y, ahí, «La Parca» aparece cuando no aceptamos la Ley del límite en la vida.

En 1993 vi a un pordiosero en las calles de Caballito que se me acercó y era Jorge. Me pidió disculpas de aquella situación en el sanatorio y me dijo que ya no podía hacer nada por él y que también nadie se interesaba por su vida. Estaba en la punta del precipicio. A los pocos meses me llama su hijo para decirme que Jorge se había suicidado.

¿HAY SALIDA?
Nuestro lema en Gradiva es con tiempo, sin drogas y terapia todo llega y al mismo tiempo con tiempo y drogas todo también llega. Dos distintos destinos, pero destinos al fin. En uno la posible rehabilitación y en el otro la mayor probabilidad del deterioro o la muerte. Para ello hace falta generar un triángulo virtuoso entre el residente, la familia o los garantes y el equipo terapéutico. Es un trabajo educativo, humano, médico, familiar y de reconexión social y con el mundo de la vocación no hacia la muerte sino hacia la vida. Pero todo esto parece ser poco frente a la magnitud de los cambios que propone la «modernidad liquida» (Z. Baumann) con sus excluidos de amor, dinero, contención y valores.

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones.

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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