No hay drogados felices -2-

DEFAULT HUMANISTICO- «Las drogas muestran una crisis de los educadores de no transmisión de la pulsión de vida».

POR JUAN ALBERTO YARÍA

08.04.2019

Como plantea Claude Olievenstein (1933-2008), «las drogas muestran una crisis de los educadores de no poder transmitir la pulsión de vida, casi no hemos transmitido nada».

Siempre recuerdo cuando tuve que anunciar a un grupo de pacientes, hace unos años, que uno de sus compañeros de rehabilitación en los grupos ambulatorios había fallecido por un colapso cardíaco por sobredosis. Jorge había abandonado el tratamiento y el padre se comunicó con uno de los terapeutas y le comentó de una recaída. Se le recomendó que lo trajera. Mencionó que no podía y que ya estaba cansado y decía «él o yo».

Largos años de consumo desde la infancia hicieron que sus respuestas de control de impulsos ya no funcionaban por el deterioro de las funciones cerebrales después de tanta intoxicación crónicamente acaecida. Jorge era un ser sin esperanza. Lo último que le dijo al padre era: «No puedo hacer otra cosa que drogarme». El rechazo del padre a traerlo y llamar a la ambulancia de la obra social siempre me asombró. Era el cansancio y la entrega criminosa cuando ya se es impotente. Una vida por la otra.

Sus compañeros de grupo reaccionaron de diversa manera. Unos no podían hablar. Otros mencionaron muerte de padres por sobredosis. Otros agradecieron la rápida llegada de la ambulancia, porque pasaron por situaciones parecidas y se salvaron.

Siempre el suicidio ronda la mente de un toxicómano, decía el maestro en adicciones Olievenstein, y ahí se conjugan fundamentalmente las dificultades para vivir, no saber por qué vivir ni cómo vivir. En ellos se da aquello que el gran psiquiatra Víctor Frankl (1903-1997) llamaba la «voluntad de sentido».

Darle a la vida una finalidad (teleología) y una trascendencia que supere el marco del ego, una vocación, responder a un llamado; puede ser un hijo, la pareja, los padres, una causa, un estudio. Incluso, gran parte de la terapia es ayudarlos a re-encontrar o encontrar un llamado, una alegría para vivir.

Cuando hablé con los pacientes en ese grupo recuerdo que me impactó emocionalmente que no encontraban esa voluntad de sentido que mencionábamos antes. La perplejidad era la respuesta, ya que, si no está la droga como festín, no hay otro evento que estimule. Voluntad abolida por razones varias y una de ellas también eran los daños cerebrales de años y años de consumo que había devastado todos los centros cognitivos.

La escala final de un paciente como Jorge es la debacle de las funciones cognitivas, la melancolía creciente y el abandono familiar (típico en pacientes crónicamente afectados) pero esto funciona como la «punta del iceberg» de un cuadro familiar y social complejo, porque decimos siempre que no podemos entender las adicciones si no es en clave cultural.

Son pacientes que han vivido lo que se denomina hoy re-traumatizaciones varias: abandonos, violencias, abusos, fallas en la escolaridad, inmadurez en el desarrollo (atrasos en el caminar, hablar, problemas en el parto). La droga aparece ahí habitualmente a los 11 o 12 años como culminación de lo que se denomina sociedad de la desvinculación. Parejas de padres rotas con violencia entre ellos. Esto es común y esa violencia se transforma en violencia contra sí mismo.

Viven en la des-vinculación y paradójicamente este estado es vivido como libertad cuando, en realidad, no hay libertad sin vínculos. Surgen así aquello que menciona Friedrich Nietzsche describiendo lo que él llamaba el «último hombre» de esta época: individualista, conformista y hedonista con vida aburrida.

¿SOBRAN LOS HIJOS?
Zygmunt Bauman (filósofo polaco, 1925-2017), sobre el abandono de vastos sectores de la población, nos dice: «El hijo parece sobrar en este mercado, así también los viejos y los pacientes con discapacidades producidas por el consumo de drogas». Son un descarte con la primacía del individualismo como vector de vida. Incluso el concepto de natalidad está siendo abandonado y ya en Europa la población europea decrece como si se pensara «¿para qué traer hijos al mundo?». Ya el mundo parece no prometer nada. ¿Cómo abrir un porvenir cuando ya no parece haber porvenir?

Caen los sistemas de pensiones y el jubilatorio, cuando, al mismo tiempo, aumenta la longevidad debilitando la sociedad en su conjunto. En la revolución francesa se decía que se necesitaban muchos hijos para la República y en la emancipación por la educación, lo mismo en los regímenes comunistas y nazis. El hijo era el futuro de las llamadas revoluciones. El «baby boom» después de la Segunda Guerra Mundial, con el triunfo de los Aliados, anunciaba una esperanza en el futuro. Hoy todo parece haber cambiado, ya no existe «el día de mañana», como mencionaban nuestros padres.

Gunter Anders (autor de un libro maravilloso llamado «La obsolescencia del hombre» 1902-1992, Alemania) nos dice: «La ausencia de futuro ha comenzado, no vivimos en una época, sino en una prórroga». Ya no creemos en el largo plazo. Ahí aparecen las drogas como viajes de huida programados masivamente. Lo único que nos consuela es la diversión y con todo eso es la mayor de nuestras miserias, porque es lo que más impide pensar en nosotros y así llegamos insensiblemente a la muerte.

El valor de hoy prestigiado es el bienestar, ya no la felicidad como virtud y desarrollo potencial del ser humano. Y todo culmina entre la ataraxia (que nada nos turbe), la anestesia (dormir las preguntas más profundas) y la eutanasia (terminación intencional de una vida).
La educación sobre los valores de la vida está fallando esta era llamada post-moderna y que Alexander Solzhenitsin (Premio Nobel de Literatura 1908-2008) llamó post-espiritual. Faltan transmisores. Está la escuela que instruye pero la educación es mesa familiar, encuentros íntimos, amistades profundas.

¿HIJOS HEREDEROS?
Educación no es enseñanza: edu-cere es llevar hacia afuera; in-signare es poner dentro. Se educa lo que ya late como potencia en el corazón del estudiante. Enseñar algo es diferente. La educación apuesta a la maduración en los valores de la vida.

La enseñanza inculca materias. Por eso decían que la educación era un acto de parto y que el maestro-padre estimula lo que ya está en potencia en el niño. La educación está en el orden de lo que emerge, libera o, siguiendo la frase de Píndaro (poeta griego, 517-438 a.C): «Llegar a ser lo que eres». Necesitamos ser educados, los animales son adiestrados. El hombre puede malograr su vida por permanecer informe, sin educar.

Felicidad no es bienestar. Cuando hablamos con los pacientes nos encontramos con el desvalimiento y las dificultades para encontrar un sentido a la vida más allá del puro goce inmediato. Darle herramientas es una tarea incesante. No vale nada si no es por amor, decía el difunto y brillante Alberto Cortez en su canción «La Vida».

*Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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