«Rodrigos»: drogas y violencia

DEFAULT HUMANISTICO- «Se agotó el amor. Vivimos en la sociedad del dopaje», dice el filósofo Byung-Chul Han.

POR JUAN ALBERTO YARÍA

10.12.2018

Esta semana un caso sacudió la escena pública alguien llamado Rodrigo, que creo es uno más de los tantos «Rodrigos» que vagan por la Ciudad. Su celular y alguna «gárgara narcótica» son sus compañeras de la soledad y de la «sordera» que progresivamente lo invade.

La tormenta digital de estos tiempos tapó el dolor de una joven abusada y de un joven abandonado a su deterioro creciente.
Desafiante, se planta con «porros» ante el único testigo que puede tener, que es un celular inteligente y, desde ahí, plantea ante la multitud de «nadies» que lo ven con el desparpajo de superioridad que da hoy fumar marihuana y cuenta su paranoia creciente y sus hazañas sexuales. Luego vaga por la Ciudad y ahí es atacado, busca prensa, va a canales de televisión. Todos se mofan, lo insultan. Es objeto de goce.

Es nuestro retrato, retrato de miles que viven solos entre drogas, ilusiones, delirios de omnipotencia, hipo-manías crecientes. Está detenido una noche. Sale triunfante, «apelando a su vieja» (dice él). Lo atacan en un tren. Camina. El da la espalda a la sociedad, pero la sociedad también le da la espalda. Todos mandan videos a la red. Todos quieren entrar en el «salón de la fama» de la era digital. Es un mundo de escándalos y de espectáculos y hoy el espectáculo vende.
Ni siquiera un test de drogas recibe en sus tratamientos jurídicos y médicos donde se comprobaría lo que él muestra casi con desparpajo: consume frente a la cámara -testigo que es su celular dirigido a la multitud de anónimos que lo vituperan y en otros casos lo admiran-. ¿Ya hasta desconocemos la incidencia del consumo de drogas en nuestras conductas?

Todos en los «púlpitos mediáticos» editorializan el castigo y la violencia hacia el joven. Nadie ve que es un «nadie» con severos trastornos de personalidad y con consumo de drogas (él mismo lo dice). En el diccionario «progre» que nos invade está «cool» referirse a la violencia hacia la mujer pero no se puede hablar de consumo de drogas porque es un acto personal, aunque aquí se puede inferir que genera trastornos de conducta que lo dañan, a él y a otros.

Detrás de su «borrachera» digital y otras «yerbas» se esconde alguien que está mal. ¿Eso importa hoy? Ninguna autoridad le puede decir algo diferente a lo que le dicta su espejo narcisístico y así lo vamos condenando a su suicidio existencial, a su estupidización creciente (estupefacientes viene de estupidez). ¿Existe la autoridad hoy?

PADRES COMO ESTOS
A su vez, pienso en una anécdota clínica (tomando lo de los «Rodrigos» de nuestra sociedad), que me lleva a reflexionar que necesitamos padres como estos. Una madre hace seis meses me sorprende con un llamado desesperado por su hijo, también llamado Rodrigo, y en su reclamo pide que su hijo ingrese en la comunidad terapéutica.

Una noche frenética entre «dealers» que son «delivery» de comidas y que con empanadas y pizzas reparten drogas frente a sus narices, colectiveros que dejan sus dosis en determinadas paradas, pujas violentas en villas donde el hijo es herido cuando va a comprar drogas, dinero falso que circula y se vende a menor precio y distintas situaciones que muestran la crisis y el riesgo en el cual su hijo vive.

Ellos, vencidos por la enfermedad familiar, están dañados corporalmente con distintas enfermedades cardíacas, metabólicas, diabetes. Todo esto mata. Años sin respuestas posibles, negando, por momentos; paralizados, en otros. Furiosos a la vez, sin saber qué hacer. La respuesta surge; aceptar que es una enfermedad la que los envuelve y que solos no pueden.
Ver a un hijo morirse «domado» por la pasta base de cocaína es un dolor inmenso y ellos también se están enterrando. Empatizaron rápidamente conmigo y les mostré su dolor hecho carne en síntomas e internaciones en diversos sitios médicos.

Les expliqué que el hijo no podía hacer otra cosa que lo que hacía como lo era drogarse porque estaba enfermo y que, si seguía así, casi seguramente moriría. Lloraron conmigo y se dieron cuenta de que no podían solos. Sólo una madre pudo hacer lo que hizo, como lo es enfrentarse con bandas de vendedores a pocos kilómetros de Capital Federal y traerlo a su hijo con la violencia del amor. El hijo asiente. No puede más.

SIN AYUDA
Me di cuenta de que hoy la gente busca reparos. La intemperie es enorme. Educar es una tarea casi imposible. En el lugar donde viven son gente honesta y trabajadora en un micro-emprendimiento familiar y de clase media baja se encuentran ante una «manada» de vendedores y las instituciones parecen estar muy alejadas: escuelas, iglesias, comisarías, Justicia. Apelan a algunas de ellas y la respuesta es una instancia administrativa que nunca llega.

Ese «cuadrado mágico» que fue el horizonte educativo de generaciones parece no existir o tiene escasa incidencia: casa, plaza-barrio, escuela-iglesia, trabajo. Ese era un mundo social de humanos entre humanos. Hoy el mundo es post-social: individualista. Un celular reemplaza todo y desde ahí nos conectamos con la nada y la «borrachera digital» se une a las «gárgaras» narcóticas.
Desde el celular no hay tacto, tampoco mirada y contacto, que es la base de la vivencia y del encuentro que nos hace aprender y crecer. No hablamos porque el otro no existe. Sólo replicamos en un chat.

Mientras nuestros juristas e ideólogos de la decadencia tanto de la derecha «progre» o de la izquierda «caniche» luchan buscando el Panóptico Disciplinario de Bentham o remedan a Foucault, tratando de ver en toda institución una imitación de la prisión, la gente está sola buscando reparos donde la palabra y los encuentros se puedan plasmar para «formatear» un proyecto de vida y aquí vale recordar a los canta-autores Pedro y Pablo, que anunciaban en los «70 la crisis: «Dónde van aquellos que no van, dónde van los que corren sin ver».

Los «Rodrigos» buscan poéticamente un lugar; encontrar un lugar protector en el mundo. ¿Pero hay mundo adulto que les oferte otro mundo posible? Mientras tanto, aumenta la soledad de muchos y la multitud de «nadies» que ya se avecinaban en el paisaje social con la prosa maravillosa de Pedro y Pablo en los «70, con una post-modernidad embrionaria.
Pedro y Pablo siguen diciendo: «Buscan una casa donde cambiar su piel, donde van los profetas de botellas. No todos van». Heme aquí, pensando y tratando a los que el canta-autor llama genialmente «profetas de botella». Los que abusan de los «quitapenas» modernos que ya no son solamente el alcohol.

Así pululan miles de «nadies» que vagan por los pasillos de las villas, duermen en trenes o subtes, o entregan su vida a algún «patrón del mal» que los haga ser de un modo crítico, pero ser al fin. De ahí que me sigo preguntando lo que el poeta decía en los albores de la post-modernidad: «dónde va la gente cuando llueve. Dónde van los que no van». Son los nuevos «profetas de la botella» que van anunciando, así, su propio infierno.


*Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones.

Compartir