Drogas: el hijo olvidado

POR JUAN ALBERTO YARÍA

07.10.2019

«¡Es doloroso decirlo, pero el consumo escolar en baños, recreos, en la placita es grande! También traen lo que sacan de la plantita de marihuana de la casa» (alumna compungida de una escuela nocturna).

Me emocionó el relato de esta abuela-alumna sobre la situación en su escuela. Ella ve en ellos a sus nietos. Compañeros entre 17 y 24 años forman parte de este grupo. Los profesores la apoyan. Se sienten impotentes ante esta realidad. Muchos le confiesan que fuman de 8 a 10 cigarrillos diarios de marihuana por día (dosis eminentemente tóxica). El uso de cocaína también es habitual. La única contención que tienen es la escuela, me dicen los maestros. Afuera la intemperie (padres borrados o también ellos consumidores).

¿Es solo la escuela una espectadora de esta debacle? ¿Pueden estudiar así por las capacidades de aprendizaje bloqueadas por los estupefacientes? ¿Es un escenario más para la distribución o sea un «kiosco» más de los tantos?

Sentí angustia ante tanta verdad escuchada; pero sólo desde lo emocional aprendemos que el conocimiento para que sea efectivo necesita primero pasar por el «corazón», o sea por las vivencias. Pensé también que me debía a mí mismo trabajar mucho más en la prevención desde la adolescencia.
Trato jóvenes que comenzaron a consumir a los 12 o 13 años. Falló la prevención porque esta es ver con anticipación, prever. Necesitamos empezar incluso antes en la infancia. Los maestros me lo recordaron; los problemas empiezan a observarse en la en el jardín: maltrato, violencia, golpes. Escenas de devastamiento y abandono familiar. Hiperkinesia. Trastornos de conducta. Depresiones infantiles. Luego de estas historias de desencuentros aparece el contacto con sustancias.

Muchas veces los estupefacientes surgen como una automedicación para sostenerse en un mundo de «nadies» y de soledad. Es también una forma de huir ante el vacío adolescente sin sostenes humanos. Después vienen las historias conocidas de agravamiento de patologías psiquiátricas o en algunos casos pertenencia bandas o grupos vandálicos y, entonces, la entrada en circuitos institucionales (clínicas, comisarías, etcétera).

NUEVOS CIRCUITOS CULTURALES DE PROMOCION

Circuito porno: Desde tempranas edades los niños y adolescentes se encuentran estimulados por el marketing de la pornografía que se halla ligada al consumo de estupefacientes. Horas y horas frente al computador en los centenares de páginas pornográficas son un incentivo enorme en épocas de extrema vulnerabilidad de la personalidad.

En Europa hay estudios de comienzos a los 8 años de edad generalizándose a los 14. Esto está ligado a las ofertas de prostitución en los mismos ámbitos. Esto también está vinculado a las agresiones sexuales con el consiguiente aumento de la violencia sexual y las violaciones en grupo. Se aumentan los «patrones machistas» y a la mujer como objeto generándose los comportamientos en «manada». Además ,la pornografía estimula ciertas zonas del cerebro y libera neurotransmisores generando efectos similares a los de una droga y actuando sobre los mismos centros químicos.

La desvinculación y la caída del vínculo familiar que es la primera escuela y matriz educacional para un desarrollo sano empiezan a lucir por su ausencia. La mega-barbarie organizada que relata Edgar Morin ligada a la «errancia de los amores, la droga masificada y el individualismo» deja a miles en la «banquina». Los hijos «sueltos» y sin tutela son el gran problema moral y económico (Zygmunt Bauman) de hoy así como los viejos arrumbados en geriátricos sin visitas ni cuidados afectivos familiares. Pero nadie habla en los «mentideros» políticos y culturales de la familia como eje de la socialización sana y de la libertad.

El individualismo hedonista triunfó y el hijo no pertenece a los valores a prestigiar y cuidar cuando la cultura judeo-cristiana base del occidente se justificó sobre la promesa del hijo. El hijo como transcendencia para los adultos que en el plano religioso era el hijo como Mesías o como futuro Mesías. Todo esto parece olvidado de aquel valor central que los hijos que formarían parte de esa promesa como base de la cultura. «Mi hijo el doctor», de Florencio Sánchez en la literatura rioplatense muestra ese vigor valorativo.

Dejamos en la escuela la educación cuando la realidad es que esta solo debe ser un complemento y con función solo de instrucción. Luego será el psicólogo o el psiquiatra quien tendrá que cumplir ese papel sustituto y así seguirá esa marginación creciente.

La sociedad de la anomia va surgiendo claramente. ¿Sin «nomos» (ley-norma) se puede vivir? Solo se apela en nuestra sociedad a la ley penal y cuando esto sucede estamos realmente perdidos. La ley se «mama» y circula en la mesa familiar, en las escuelas con normas y límites, en las tertulias faltantes, en sociedades del encuentro y de la palabra. En tiempos de probables cambios en el marco jurídico en la cuestión de drogas la cuestión fundamental parecería pasar por otro lado. Generar un sistema inmunológico social preventivo se hace necesario.

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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