Drogas: la «esclavitud» de los condenados

POR JUAN ALBERTO YARÍA

25.11.2019

Susana llega hace varios meses con sus 20 años a cuestas derivada de Terapia intensiva. Casi muere luego de un abuso de sustancias. La salva que su crisis más seria se dieron dentro de la guardia de un sanatorio y poseer una prepaga que asume los tratamientos en adicciones. Sus convulsiones fueron graves con el consiguiente daño neuronal. Rápidamente entra en emergencia médica y la salvan.

Llega a verme con un cuaderno de anotaciones. Todo lo escribe porque su memoria de corto plazo se ha perdido. No tener memoria la sume en una gran angustia tan seria como la que sintió en Terapia intensiva cuando en un estado de confusión llamado «delirium» no comprendía lo que ahí sucedía. Las luces, los médicos, las enfermeras perdían todo sentido. Era una «ausente» en un mundo presuroso para salvarle la vida.

Hablo con ella y le digo que su sistema nervioso le anunciaba con las convulsiones que ya no podía seguir consumiendo. Me dijo que tenía razón pero que su persona deseaba hacerlo. Me confesaba que su voluntad y sus apetitos estaban en otro lado. No podía no hacer lo que hacía, aunque se muriera.

EL DESCONTROL ADICTIVO
Una de las características más angustiantes para el terapeuta que trabaja en adicciones es asistir al descontrol de las conductas a la cual se llega con un consumo persistente y voraz de estupefacientes. Sí, nos angustia observar vidas mutiladas. Aún así desde esos restos humanos que observamos necesitamos y debemos devolver esperanza.

Choques, accidentes, mutilaciones, contraer enfermedades de transmisión sexual en sesiones de sexo sin cuidados, y toda la gama de síntomas psicóticos que van desde la confusión alucinatoria, los delirios tóxicos, las amnesias y deterioros cognitivos (atención, percepción, hiperkinesia improductiva), depresiones largas con abulias que muestran la agonía de la voluntad, noches de insomnio que son sesiones interminables de abstinencia y vacío, etcétera; son las distintas secuencias de un deterioro gradual pero que no se percibe como tal. Progresivamente la persona se va ignorando a sí misma.

El descontrol surge de la llamada «gira» en donde durante días y días desafiando el cansancio, el «dopaje», se transforma en un rito sacrificial. No se puede parar. Es la religión nueva de los esclavos, los condenados a un «Infierno terrestre» en donde odian lo que hacen, pero no pueden dejar de hacerlo.

El odio a lo que hacen es también odio a sí mismo. Cada dosis decreta la baja de la autoestima. ¿Dónde está aquel placer inicial que se había encontrado? ¿Ese «flash» cautivante de aquella luna de miel inicial con las sustancias? Nunca más aparecerá. En realidad, nos drogamos para huir de la angustia de la abstinencia. Drogarse ya no es para una búsqueda de placer sino para huir del vacío de la abstinencia.

Mientras avanza la compulsión a consumir como único destino vital surge una triple angustia: Obtenerla; consumirla temiendo no volver a conseguirla y por fin, volver a conseguirla. Aprovisionarse es una tarea y el dealer o distribuidor es la persona más importante de su vida. No hay hijos, mujer, padres, lo más valorado es quien posee esa pócima letal pero deseada.

EL «PIRATEO» DEL CEREBRO
Los grandes neurobiólogos de hoy hablan de un «pirateo» de ciertas zonas vitales del sistema nervioso por efecto repetido del consumo. Hay en personas vulnerables por motivos afectivos, traumáticos, familiares e incluso por vulnerabilidad genética un «secuestro» de zonas del placer, la motivación y a la vez un declive de las áreas más evolucionadas de la toma de decisiones.

El ser humano asiste impávido a su esclavitud ya que su voluntad (que es una función superior del sistema nervioso y de la personalidad) está en déficit. Agoniza la voluntad. Observa su propia decadencia sin darse cuenta.

El sistema «pirateado» se denomina circuito de la recompensa que es un sistema primitivo que compartimos con los animales y que es el vector del placer y la motivación. La memoria adictiva toma el comando y no solo es la sustancia lo que llama a repetir el consumo sino los elementos contextuales que rodean al mismo (personas, lugares, situaciones). Se inicia así el cautiverio de los condenados.

Esa esclavitud, que es una condena de no haber tratamiento, generalmente se une a vulnerabilidades infantiles que tratamos en nuestras columnas y que hoy son lamentablemente comunes: abuso emocional, físico, sexual, negligencia emocional y física, entre otras.

El trauma neuro-tóxico que lleva al descontrol se da dentro de una vida con traumas muy fuertes desde la infancia. ¿Para qué vivir entonces? En Susana la rehabilitación se centró en tratar de sanar esas heridas emocionales y en un tratamiento de desintoxicación y deshabituación muy profundo.

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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