Drogas y «sociedad del dopaje»

POR JUAN ALBERTO YARÍA

19.11.2019

A Jorge lo conocí hace unos años y no podía parar de consumir. En sus 25 años y desde hacía 10, la sucesión de drogas y de orificios de entrada se multiplicaban: boca, vena, nariz, ano. Todo servía para lograr una sensación de lo instantáneo. Cuando no lograba conciliar el sueño por su excitación a través de su ano se colocaba cantidad de pastillas tranquilizantes para lograr un efecto inmediato.

Así vivía; muriéndose. Inteligencia superior en lo abstracto, pero emocionalmente devastado y prácticamente «domado» para el consumo. Era un «químico» de su mente inventando mezclas de sustancias para lograr efectos nuevos pero que rápidamente lo aburren. Ya la angustia de la abstinencia lo llevaba a volver a consumir.

No podía hacer pausa; todo debía ser rápido, acelerado. Parecía ser el símbolo de un tiempo acelerado en cual vivimos, pero muriéndonos todos los días. Esa lógica lo devoraba y la sexualidad era un viagra permanente porque todo debía ser en exceso; homo-hetero no importa. Hoy la amenaza a la sexualidad no es la moral sino lo extremo, el exceso. Sexo sin Eros o sea sin amor. Hay una agonía del Eros siguiendo las enseñanzas del maestro en filosofía Hui-Bul-Han.

TIEMPOS ACELERADOS
Platón nos enseñaba que el Eros conducía al hombre, pero esto parece no irradiar y existir en muchos, entonces el hombre queda reducido a mero cálculo: cuantas dosis necesito para conseguir algo que al final no siento y me deja vacío.
En esta sociedad del vacío pululan seres que portan una gran depresión existencial. Recordemos a Víctor Frankl cuando nos decía: «Voluntad de poder o voluntad de sentido». Las drogas hoy generan voluntad de poder (la política también parece ser para algunos la droga de la voluntad del poder) pero así el sentido de nuestras vidas queda perdido. Todo «debe ser ya» cuando es la lentitud de la maduración lo que nos debe llamar al proyecto de vida.

EL CEREBRO ADOLESCENTE
El sistema nervioso termina de madurar entre los 25 y 30 años. El alcohol y el cannabis ya «están a la mano» y hemos perdido la lucha cultural preventiva por el alerta temprana en la niñez y la detección precoz en un marco de creciente des-familiarización de nuestra sociedad con estructuras de oferta de drogas muy consolidadas y llegan a nuestros centros personas con muchos años de consumo, devastados y en crisis pero que comenzaron en la edad de maduración del cerebro y en donde las zonas frontales todavía no se han desarrollado plenamente (ejes del sentido de realidad, control de impulsos, pensamiento abstracto y de lo que se denomina el cerebro moral).

El alcohol tan extendido en nuestra sociedad juvenil tiene efectos neurotóxicos. Hay una zona llamada hipocampo que reduce su volumen y es la sede biológica de la memoria y el aprendizaje. Se daña la mielina que es la capa protectora de las células nerviosas y se van deteriorando funciones cognitivas que culminan con la demencia alcohólica (psicosis de Korsakoff y Wernicke). De las «lagunas mentales» de las resacas alcohólicas llegamos progresivamente a la demenciación.

El alcohol en el cerebro genera inflamaciones que afectan todo el proceso nutricional de la neurona (menor oxigenación y glucosa que son los elementos centrales).
Con la marihuana en la adolescencia pasa algo similar con enlentecimiento de la agilidad mental, aumento de los tiempos de respuesta, baja de la atención, problemas de memoria y por ende rápidamente baja el rendimiento académico y la escolarización se retrasa y abandona. Además, siempre el brote psicótico puede surgir cuando se fuma marihuana en la adolescencia. Gradiva tiene varios pacientes adolescentes consumidores intensos de marihuana con síntomas delirantes. Además, el aplanamiento emocional aparece ligado a un metabolismo más bajo de las regiones frontales (ejes de la humanización). Muchos vivimos en una sociedad donde la depresión y el dopaje se dan la mano. La voz del otro y del amigo que son apertura a la trascendencia, siguiendo a Martin Heidegger, tienden a desaparecer y la química suplanta a la palabra y al afecto imponiendo leyes rigurosas de deterioro y demenciación.

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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