Las drogas y nuestro default cultural

POR JUAN ALBERTO YARÍA

14.10.2019

Las drogas y su consumo epidémico -casi pandémico- en algunos sectores de nuestra sociedad son uno de los síntomas de nuestro default, aunque solo se habla del default en términos económicos. Parecería que tenemos un pasivo cultural mucho mayor que nuestras reservas y fortalezas disponibles.
Nuestro default parece ser cultural y de nuestro capital social (institucional) y humano (des-familiarización creciente, pérdida del valor de la escuela como signo de transmisión de valores y normas de vida). Los países hoy se miden no solo por sus capitales económicos y financieros sino por su capital humano y social. En nuestro país desde hace décadas hemos ido retrocediendo.

La Argentina pasa de ser la «tierra prometida» con todas las riquezas naturales posibles al riesgo de una africanización incipiente. Día a día mientras aumenta la epidemia de consumo de estupefacientes -incluido el alcohol- se suceden interpretaciones livianas sobre el drama de miles de argentinos que deambulan por guardias médicas o intentan encontrar un lugar sólido donde tratarse. Están aquellos que pregonan el consumo libre de drogas ignorando el daño a la salud pública y el dolor a miles de familias o los que solo piensan en una postura represiva de la oferta. Es cierto que la multiplicidad de los puntos de oferta origina demanda de consumo, pero si no hay prevención cultural de la demanda, todo se cae.
En la Argentina unir la política represiva a la cultural preventiva se hace necesaria con una red de asistencia primaria y de alerta temprana desde los primeros años de vida en todas las redes institucionales.

El problema del avance de las drogas se confronta con una cultura líquida y blandengue que ha abandonado a la prevención como alerta temprana y la detección precoz ante los primeros consumos.
La sociedad, entonces, está desmovilizada culturalmente por la falta de criterios de cuidado frente al problema de las drogas y el alcohol, y los jóvenes son los primeros en soportar la falta de amparo.
A menos palabras transmitidas por los adultos en todas las instancias institucionales (familias, escuelas, barrio, instituciones culturales, municipios, provincias) surge la química ofertada desde distintas instancias con un marketing poderoso de aceptación social que pregona la banalización del uso, incluso se desconocen los daños al sistema nervioso (pensemos que un niño no termina de evolucionar cerebralmente hasta los 25 años).

A esto necesitamos agregar la des-familiarización creciente de la Argentina (parte de esto sucede globalmente, pero en otros países existen mayores reservas acerca de la función del hijo y de su cuidado). Fracasa la noción de ley transmitida o sea de la palabra como eje de vínculos y queda solo la ley penal como único resorte y, considero, que cuando la ley penal es la única instancia de «nomos-orden», el fracaso social es absoluto.

La ley se transmite en los círculos familiares, escolares, barriales, culturales y la ley penal es una instancia que muestra el fracaso de todo lo anterior. Llega tarde y frecuentemente mal porque los problemas que tendría que resolver la superan totalmente.
Además, hay otro gran problema sanitario que es el consumo de varios miembros de la familia de drogas con las consiguientes consecuencias de abusos, violencia y crisis de los modelos parentales.

PENSANDO NUESTRO DEFAULT HUMANISTICO
José Ortega y Gasset que vivió durante casi cuatro años en la Argentina dijo: «Yo no conozco ningún otro país donde los resortes radicales y decisivos sean más poderosos». En la conferencia «Meditación del Pueblo Joven» dictada en la ciudad de La Plata en 1939, había expresado: «Los conflictos que nos aquejan llegarán a hacer del argentino un símbolo de la humanidad deficiente». Hoy pareciera que somos como lo describiera el filósofo español; ese símbolo, precisamente, de la humanidad deficiente. Entre la riqueza potencial y la deficiencia permanente van pasando los diversos ciclos históricos argentinos. La mitología griega nos puede ayudar a entender esta singular «discapacidad» para crecer como comunidad, como Estado y como Nación.

EL CALVARIO SIN «RESURECCION»
En el mito de Sísifo se retrata el singular drama argentino que nos lleva a no poder arrancar en un proyecto útil y fructífero. Sísifo lleva sobre sus hombros una gran piedra que levanta hasta llegar a la cima de una montaña. Al llegar a la cúspide, esta cae y vuelve a subirla. Su vida transcurre en este doloroso calvario, toda su vida es eso. Compulsión tanática (Thanatos era la divinidad griega representante de la muerte en contrapartida a Eros que representaba el amor) o sea mortífera.

Esto quizás nos permita entender esta compulsión por lo inútil. Repetir. Repetir. No aprendemos de la experiencia y en este repetir y repetir sin aprender surge un hondo desencantamiento vital base de la desesperanza que se troca por momentos en desesperación.
Por eso Ortega decía también «argentinos a las cosas… argentinos a las cosas». Fue muy atacado el célebre filósofo español porque mostraba los complejos que nos acuciaban. El no poder ir a las cosas y por ende no poder asumir la realidad, según Ortega está relacionado con una posición narcisista ante la realidad. 

Así, decía que el argentino no atravesaba la realidad y solo parecía contemplar su yo en un espejo. Verborragia sin transformación, ni interior, ni exterior. «El argentino -decía Ortega- «habla por delante de las cosas, no las penetra virilmente». Por eso no aprendemos de las consecuencias y repetimos siempre lo mismo, que es casi la búsqueda de la muerte misma como cuerpo social.

Esta parece ser una tragedia cíclica que se remonta a décadas en donde decreció nuestra calidad educativa año tras año. Se deterioró la vida familiar alcanzando niveles altos de des-familiarización que es germen del abandono de miles de niños, que entonces quedan entregados al delito,las drogas y, todo esto a su vez resintió el horizonte de la ley con todas las secuelas de inseguridad y delito que hoy vivimos.

El default humanístico es una deuda muy seria que tampoco podemos levantar (quizás porque no tomamos conciencia de ello) en relación a la educación de las jóvenes generaciones, al declive de la vida familiar, así como de nuestro sistema jurídico y de la ley misma en la vida cotidiana.

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones

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