Las drogas y nuestro default cultural (II)

POR JUAN ALBERTO YARÍA

21.10.2019

Vagan jóvenes en la calle de los suburbios buscando estupefacientes para huir en el refugio de los desesperados. Vagan padres buscando lugares para atenderlos. Vagan hijos buscando a padres que no están o que parecen niños «maleducados» que ventilan sus problemas ante un juez penal.

La oferta indiscriminada de drogas como costumbre cultural que ignora los daños a la salud (especialmente en la máxima edad vulnerable como lo es la adolescencia) llega al lamento de Charles Baudelaire: «donde ir, adonde ir, no importa dónde con tal que sea fuera de este mundo» («Las flores del mal»).

Al mismo tiempo escasea el trabajo y la propia dinámica del empleo lleva a que cuando se presentan para posicionarse en un puesto son rechazados por problemas cognitivos, de disciplina, drogas y alcohol (como marcamos en esta columna de lo que sucede en Vaca Muerta).
En la generación tecnológica actual surge la generación química que crea además una gran plusvalía y ganancia a costo de miles de discapacitados. Esto parece no importar. Es otra marca de nuestro default cultural y de valores sociales. Además hay un nuevo «poder blando» en donde todo es sí o Why Not?. Con lo cual se va validando desde el relativismo cualquier perversión desde la lógica del individualismo.

La población más castigada ha sido la franja de 12 a 17 años en donde aumentó el consumo de marihuana en los últimos diez años el 150%, de cocaína el 200%, de éxtasis el 200%. Los porcentajes de aumento han sido notables y lo vemos diariamente en las calles y en las familias. La población afectada que no consulta, llega a un 60%; es decir que tenemos una franja de pacientes que ni siquiera sabe que necesita acudir a consulta. Esto significa un fracaso de todo el mecanismo preventivo, que en última instancia implica fomentar la detección precoz.

Además, hay familias con varios integrantes en carrera de consumo e incluso como PyME productiva lo cual certifica directamente el hundimiento de la cultura y sus valores.

CAIDA DE NUESTRO CAPITAL HUMANO
Desde hace décadas, la caída argentina muestra un deterioro de su capital humano y social; la creciente desfamiliarización, el descenso de su calidad educativa tanto en la escolaridad formal como en la educación social, la crisis del derecho de límites y de la noción de ley transmitida en la casa, la escuela y la comunidad, ha quedado arrinconada en el sistema penal así como el fracaso de este mismo derecho de límites. Si toda noción de ley queda a expensas de un juez y máxime penal, es el fracaso de todas las instancias de transmisión simbólica.

Sobre esta base surgen cuatro pronosticadores de la caída cultural que es nuestro máximo default: José Ortega y Gasset, Enrique Mallea, Raúl Scalabrini Ortiz y Discépolo. Hoy se me referiré a Ortega y Gasset (1883-1955).

La respuesta a los conflictos que vive hoy la Argentina no deben buscarse solo en lo económico, hay un pronunciado déficit de su capital humano (servicios educativos, salud y nutrición) y de su capital social. Hay recursos naturales (que es el otro capital necesario) pero falla en la administración del otro capital que es el financiero y de los activos construidos.

Precisamente el deterioro creciente de su capital humano y de su capital social parece nacer desde hace muchos años en la Argentina. Desde ahí se puede ver con claridad la pérdida rigurosa de distintos valores:

A) La crisis del Estado-Nación disuelto en varios grupos facciosos sin ningún tipo de identidad que los congregue y convoque.

B) El auge de la criminalidad, los grupos mafiosos que elaboran un control territorial ajeno al Estado mismo y que imponen sus propias leyes.

C) La atomización de la sociedad familiar.

D) La decadencia de una serie de estructuras sociales e intermedias como sociedades vecinales, iglesias, sindicatos, clubes e instituciones de caridad.

E) El sentimiento generalizado entre la población de que ya no se comparten valores de principios comunitarios.

El capital social, siguiendo a James Coleman, genera algo fundamental en la prosperidad de las naciones: el arte de la asociación, o sea la capacidad de los individuos de trabajar junto a otros en grupos u organizaciones para alcanzar objetivos comunes.

Tomaré un conjunto de pensadores que en la llamada «década infame» (década del 30) en donde se trastocan todos los sistemas institucionales y que avizoran con lucidez la crisis de hoy. Ven la crisis desde la propia cultura. Desde los valores. Desde la propia subjetividad alienada y extraviada del argentino tipo. Son pinturas sociológicas y psicológicas de la futura decadencia. Las raíces, quizás, del verdadero default argentino.

JOSE ORTEGA Y GASSET
Ortega estuvo en tres ocasiones en la Argentina. Para él, la Argentina se le presentaba como constante y omnímoda promesa. Era casi, como, la Tierra Prometida. Pero también relata que este sueño esperanzado de grandeza choca contra una situación en donde se le presenta un ciudadano que no puede aprovechar esas promesas. Su vida «se le evapora sin que lo advierta».

Describía a un hombre perezoso para salir de sí mismo y enfrentarse a la realidad; de ahí que en 1939 pronuncia en la Ciudad de la Plata una conferencia que habría de ser editada con el título «Meditación del pueblo joven» y que causa estupor y polémica cuando dice: «Argentinos a las cosas, a las cosas; déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismo. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día en que sus hombres se resuelvan una vez, bravamente a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales secuestradas por los complejos de lo personal».

Describe maravillosamente al que en lenguaje lunfardo se «pavonea», al «chanta», «farabute» y «versero». Este prototipo argentino va desde el político leguleyo, el financista hipócrita hasta el compadrito de las orillas es fundamentalmente un ser inauténtico: «ocupa la mayor parte de su vida en impedirse a sí mismo vivir con autenticidad».
Para Ortega este prototipo argentino es un ser malogrado: «es un hombre admirablemente dotado que no ha entregado su existencia a cosa alguna que no sea él mismo». Parecería que «el argentino se gusta a sí mismo».

Se trata para él de un tipo humano que siente un enorme apetito de ser algo admirable, superlativo, único. Pero el argentino y la Argentina es solo eso, una posibilidad. Sigue siendo una posibilidad. Este argentino triunfó sobre el hombre histórico que la tierra había plasmado.
Hay para él un conflicto entre el hombre factoría que es el hombre que surge del aluvión migratorio de fines del siglo XIX y XX y el hombre histórico. El eje es la fortuna. Su apetito fundamental es voracidad de riquezas o posición social. La cultura financiera y absolutamente alejada de la verdad económica de lo que sucedía realmente en la Argentina transformó aún más al argentino en un «hombre de mercado». La Argentina (deriva de Argentum); o sea el país de la plata. Todo es plata, el río y hay una ciudad que también se llama así.

El dinero y el oro forman parte de una identidad, pero de una identidad vacía. Porque es plata sin producción. Plata con pereza. Y cuando la realidad nos muestra duramente nuestros designios nos sentimos víctimas de una potencia que no nos deja ser y ahí la victimización contra los diversos imperios nos justifica de nuestra deserción. La palabrería inútil impide una reflexión auténtica. Y en última instancia diremos en frases típicamente argentinas: «Siempre que llovió, paró» o «Dios es argentino».

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones.

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