“Los tiempos en los que está el otro se han ido. El otro como misterio, como seducción, como Eros”. (Byung-Chul Han, `La expulsión de lo distinto’)

  • POR JUAN ALBERTO YARÍA
  • 05.06.2022

Jorge fue abandonado en las puertas de un centro de menores, golpeado a los 8 años. Comenta que fue obligado por sus padres a traer dinero a la casa buscando limosnas; cuando el dinero era poco, era golpeado. Solo era un ser a `explotar’, no a amar. Luego fue adoptado y amado, pero los padres se separan y ahí lo traumático vuelve, se desenchufa de la realidad (se disocia) y parte a un viaje sin destino y esperanza. Vive en plazas, usa drogas y al final, luego de ocho meses, es encontrado. Ahí lo atendemos y comienza la vuelta a la vida. ­

Oscar fue abandonado de chico en un instituto de minoridad y ahí comenzó la búsqueda de padres adoptivos. Así transcurre su vida. Otra vez los padres se separan. Busca al padre adoptivo con pasión y este lo rechaza. Solo el `paco’ es su consuelo y vaga por distintos centros de recuperación. Las drogas parecen ser la `punta del iceberg’ de un conjunto traumático de duelos, pérdidas, abusos en algunos casos, violación, en otros, dominación con violencia, abandonos inimaginables; en fin, el `infierno en la Tierra’ en muchos ejemplos de vida que vemos en nuestros consultorios.­

Son muchos, cada vez mas, y las obras sociales tienen un índice de atención de discapacidad y adicciones que no pueden sostener económicamente (se programan marchas para marcar este problema que económicamente no pueden afrontar) y paradójicamente esta `sociedad eutanásica’ pregona el uso libre de drogas quizás como la eutanasia o eugenesia encontrada ante tanto dolor. Son `libres-esclavos’, aunque sean `soldaditos’ de `patrones del mal’. Nuestra sociedad parece ser una fábrica de enfermos psíquicos.­

Cada vez más, cuando nos adentramos en la intimidad del paciente, luego de superar las barreras de la desconfianza, nos encontramos con seres tiernos abandonados, golpeados, denostados como humanos y tratados como objeto. Pero a mayor abandono mayor ira y odio hacia sí y hacia otros. Esto le llevará tiempo solucionarlo si se encuentra con un entorno terapéutico acogedor.­

La experiencia clínica nos dice que el `anticuerpo’ que salva a lo humano de la barbarie es brindarles una textura simbólica (palabras, `piel’, transmisión de valores, una trilogía fundante de una descendencia de una familia ampliada que acoja y abraza al futuro `homo sapiens’, escuela). En nuestra era digital e individualista desaparece cada vez más la voz del otro. El hombre de hoy parece haber perdido la voz y la mirada hacia el otro.­

La existencia del niño de 0 a 6 años (momentos clave en la estructura de la afectividad, incluso de la arquitectura cerebral) se ve inundada de traumas que no pueden suturar porque el otro, como acompañante, no está o lo explota o abandona. Esto es común hoy y en el futuro será hasta un problema político por la masividad del fenómeno de abandonos y violencias hacia los niños.­

Cuando un problema deja de ser de pocos para ser de muchos y masivo pasa a ser un problema político, o sea de la `polis’ (la ciudad). Entonces vamos generando en masa enfermos psíquicos en donde el abandono lleva al odio e ira (hacia sí o hacia otros), como ya lo marcan los textos clásicos del psicoanálisis y la psicología de la niñez desvalida.­

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DESVALIMIENTO Y SUICIDIO­

En esta sociedad desvinculada aumentan los suicidios. Tema soterrado y silenciado en la Argentina. El suicidio es una marca de nuestros tiempos. Jóvenes y púberes se matan. Según estudios de Unicef, `El suicidio en la adolescencia – situación en la Argentina’ (2016), el suicidio constituye la segunda causa de muerte en la franja de 10 a 19 años (MSAL-2016). De todas maneras, por las peculiaridades de la Argentina y como resultado de la pandemia, si se hicieran hoy estudios, aumentaría el número drásticamente. En el grupo de 15 a 19 años, la mortalidad es más elevada alcanzando una tasa de 12,7 suicidios cada 100 habitantes, siendo la tasa en varones de 18,2 y en las mujeres 5,9. Desde principios de la década del ’90 hasta la actualidad, la mortalidad por suicidio adolescente se triplicó.­

Las reuniones de padres con hijos en tratamiento que realizo varias veces por semana se tornan densas. Todo cambió desde hace años. En Gradiva el 62 por ciento de los pacientes tienen familiares en consumo y otros ya decididamente adictos. En la casa hay problemas porque el porro o la `línea de cocaína’ forman parte del paisaje diario, y entonces las recaídas de los pacientes pueden ser más frecuentes. La droga no está solamente afuera, sino que está en la casa, `a la mano’ y en la memoria adictiva (el cerebro) del paciente que desea recuperarse.­

Otros padres desesperados cuentan cómo lograron también `rescatar’ a sus hijas de grupos de vendedores que las utilizaban para pasar las diversas fronteras. La belleza de las chicas servía como `anzuelo’ para huir de las aduanas y estas, a su vez, no podían huir de sus `carceleros’, ya que las dosis las `domaba’.­

Qué hacemos nosotros en esta dura tarea; parece simple, pero es un ejercicio de humanidad como lo es la de `ser oyentes’ y acompañantes tiernos para volver a la vida de esta historia de traumas no suturados y manejados con odio e ira. Paciencia es la clave y no fallar en la presencia, porque la presencia es seguridad. El niño y el paciente traumatizado necesitan un ámbito de seguridad. Esta sociedad digital y ausente en lo humano busca `oyentes’; nos buscan como oyentes, acompañantes y zurcidores del dolor.­

La constructora de civilizaciones y hacedora de culturas se llama vínculo y su destrucción caracteriza a la sociedad de la anomia (sin norma o anemia de normas); o sea, cuando las instituciones fallan o no existen para a aportar a los individuos marcos de referencia necesarios para un desarrollo saludable. La destrucción de los vínculos es la plenitud de la anomia y eso parece ser lo que vivimos.­

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HACIA EL `HOMO DEMENS’­

Así, en lugar del `homo sapiens’ surge el `homo demens’ (término maravillosamente descripto por el maestro francés Edgar Morin). El demente, en términos de las patologías adictivas, el de-frontalizado por la droga, o sea el descerebrado, vaga como un `nadie’, un `zombie’ por las ciudades.­

El progreso regresivo al `homo demens’ se da en daños a funciones humanizantes claves: el sistema nervioso con el deterioro frontotemporal, como desmontaje del CEO del cerebro, que son áreas claves en la empatía (alojamiento del otro). Kohon Goldberg (premio Nobel de Medicina) enseña que el lóbulo frontal hace a la civilización y la civilización hace al lóbulo frontal.­

La cultura, el capital humano ligado al amor y la escuela alimentan la sinaptogénesis, o sea, todo el `cableado cerebral’ químico y eléctrico que funda la humanidad de cada uno de nosotros, con 100 mil millones de neuronas, que son partícipes de este acto creativo de plenitud del hombre.­

El apego temprano con amor y la arquitectura de las redes neuronales parecen ir de la mano; a mayor desvalimiento infantil, mayor posibilidad de un ser más vulnerable.­

Octavio Paz dice: “Después de miles de años de filosofía y religión quedamos a la intemperie: la era de la técnica y del marketing nada nos puede decir sobre esto; es ausencia de filosofía, germen de la intemperie humana”. Así cobran importancia las palabras de Baudelaire: “La esperanza solo se encuentra en la botella; la clientela del hachís (cannabis – marihuana) es la de los desesperados”.­

Necesitamos `oyentes’ como explica Byung-Chul Han en `La agonía del Eros’.­

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

Por JuanYaria

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