La vida gracias a la química

La cocaína, junto al paco y el éxtasis, buscan el «todo ya», la marca del «vacío».

POR JUAN ALBERTO YARÍA

15.04.2019

Juan es traído, a sus 18 años, desde hace un año, luego de un viaje al interior, donde tiene una severa intoxicación. Sus padres, cada uno con su pareja, decide darle dinero y que haga su vida. La droga es un refugio para su soledad. Lo escucho cerrado al mundo, no cree en nadie. Es un abandonado. La Justicia debe hacerse cargo.

Oscar, mientras tanto, es reclutado por un terapeuta lleno de afecto y empatía en una de las tantas esquinas de la ciudad también abandonado por sus familiares. Esas esquinas son verdaderos «campos de concentración urbanos» que son desmentidos diariamente por la visión de todos nosotros como ciudadanos. Los propios consumidores le dicen al terapeuta que es conveniente que se trate o vuelva al tratamiento que había dejado. La soledad de los consumidores es total.

Lisandro, de 19 años, es encontrado hace unos meses por sus padres en un hospital, luego de una intoxicación. A los 12 años empieza a consumir marihuana y, a los 14, ácido lisérgico. Se escapa del hospital y es traído en una verdadera carrera hacia su destrucción. La soledad también es total.
Estas tres historias nos enseñan que la vida, «gracias a la química», resulta ser la falencia de una sociedad por la caída de la palabra como transmisora de notas de vida. La química reemplaza a la palabra. El vacío a la voluntad de sentido. La vida familiar dejó de ser un continente normativo y la calle muestra las caras de los «nuevos campos de concentración modernos» en donde la persona parece ser sólo una mercancía.

La «vida gracias a la química» decía la pancarta en la Universidad de Berkeley (California), luego de la revolución química a partir de los «80 y como reacción al París del «68, anunciando una nueva época en donde la química iba a ser fundamental. Epocas en donde una de las tantas llamadas «liberaciones» pasaría por desafiar las puertas de la percepción y superar todas las barreras anímicas. Esta magia a través de las sustancias no era nueva. En ese aspecto la cocaína como euforizante inmediato ocupa el podio de la vida química de hoy. En tiempos de «No future» y en donde la noción de porvenir parece incierta, la sustancia muestra al «ahora, ya» como disvalor central.

BREVE HISTORIA

En su momento, Freud (1884, uno de sus primeros trabajos sobre la coca) llegó a imaginar al consumo de cocaína como un consumo euforizante sin consecuencias. Los estudios de Albrecht Erlenmeyer (1849-1926, Viena), uno de los más grandes psiquiatras europeos, lo llevan a cambiar de ideas, ya que experimentalmente demostró la psicosis que se inducía y los cuadros de abstinencia y deterioro. Ya denunciaba, a fines del siglo XIX, que se desencadenaba un azote sobre la humanidad; el tercero, luego del alcohol y el opio.

De la misma manera el farmacólogo Ludwig Lewin, de la Universidad de Berlín, destruyó todos los argumentos del joven médico vienés Freud, mostrando que era un «veneno» y que «un desafortunado hombre que ha inhalado tres gramos de cocaína se arma contra enemigos imaginarios», nos decía por la invasión de los delirios. Lewin escuchaba a los pacientes y le sorprendía el grado de delirio que tenían y menciona que uno de ellos decía «Dios es una sustancia».
Comprar felicidad momentánea al precio de obsequiar su cuerpo y su alma… nos decía.
Al mismo tiempo, la indicación de cocaína hecha por Freud para su amigo el fisiólogo Von Fleischl, que era adicto a opiáceos, lo llevó a éste una «pasión gemela» por ambas sustancias (opiáceos y cocaína) y a un estado de degradación total. Ahí llegó a decir Freud lo siguiente de su amigo: «Von Fleischl se adaptó a la nueva droga con la desesperación a la de un hombre que se ahoga». Nunca más hablo Freud de la cocaína.

Esta pasión por la magia de las drogas no viendo las consecuencias sigue en nuestros días. A principios del siglo XX el vino Mariani hecho con hojas de coca tenía gran aceptación y su enólogo Angelo Mariani fue premiado en varios sitios respetables, así como la primera fórmula de la Coca Cola tenía hojas de coca, nuez de cola, cafeína y otras sustancias. Luego, todo esto fue abandonado.

«TODO YA»
Hoy, la cocaína, «droga estrella», junto al paco, y al éxtasis buscan el «todo ya», que parece ser la marca del «vacío» de miles. Las personas de menores recursos consumen cocaína fumable y las de mayores posibilidades por inspiración. Pero el «todo ya» ansía hoy la cocaína inyectable con un tiempo de cinco minutos de efecto, contra los diez por fumarla o quince por aspirarla. Y además el poli-consumo le sigue a todo esto con altas dosis de alcohol y otras drogas, como lo mostró lamentablemente el suceso ocurrido con N. Jaitt en donde se presume que se consumía todo tipo de sustancias.

No se puede entender lo que nos sucede, si no es clave cultural. El agente químico opera sobre un contexto (familiar y cultural) y sobre una persona vulnerable y también en edades vulnerables. El alcohol en nuestros jóvenes ya está naturalizado, así como la marihuana. Se ignora el efecto psicotrópico de estas sustancias y máxime en edades de inmadurez del sistema nervioso.
La marihuana tiene como promedio en nuestro país como edad de inicio a los 15 años, y casi el 20% de los jóvenes consumidores tiene signos de adicción con alteraciones psiquiátricas, caída del desempeño escolar o directamente abandono del mismo, trastornos de conducta, fugas del hogar, etcétera.

Además, en muchos es sólo una vía de entrada a otros consumos. Hoy el paciente juvenil es poli-toxicómano. Ahí la soledad se da la mano con los mandatos biológicos de un sistema cerebral alterado en donde se va generando una «ceguera frontal» suspendiéndose los pensamientos y cayendo la persona en respuestas inmediatas e impulsivas, quedando a merced de un deseo ferviente de consumo, porque los sistemas de placer quedaron hipotecados.

De los que comenzaron en la adolescencia, el 30% presenta consumo abusivo y más del 46% consumen estupefacientes habitualmente.
Desde los «80 aparece ampliamente la aceptación social a las drogas, seguido todo esto por un marco cultural en donde decaen todos los límites entre las generaciones y se hunde la vida familiar como transmisora de valores. La sociedad se hace «líquida», en términos de Baumann, y los transmisores son los medios electrónicos dentro de un marco de relativismo moral y fundamentalmente el niño se va quedando solo. La epidemia de parejas rotas, en muchos casos, deja a niños y jóvenes en un estado de desamparo.

Ardua tarea nos espera en el campo preventivo y en las redes de asistencia, ya que la adicción cuando se instala es una enfermedad crónica, progresiva y terminal. Es quizás la epidemia de estos tiempos que el gran Octavio Paz denominó «tiempos nublados».

Tiempos «nublados», que muestran lo que el joven terapeuta observó cuando rescató a un paciente de un centro de consumo y que Guillermo Maci (maestro de psicoanálisis) mencionaba como los «nuevos campos de concentración» de las urbes modernas.
Quizás valga recordar al escritor Gunter Anders (1902-1992, Viena) que, al visitar un campo de concentración en Auschwitz, dirá: «Si se me pregunta en qué día me avergoncé absolutamente, responderé: en esta tarde de verano, cuando en Auschwitz estuve ante los montones de anteojos, zapatos, dentaduras postizas, manojos de cabellos humanos, maletas sin dueño. Porque allí tendrían que haber estado también mis anteojos, mis dientes, mis zapatos, mi maleta. Y -ya que no había sido un preso en Auschwitz, porque me había salvado por casualidad- sí, me sentí un desertor».
El se salvó, de suerte, de ir a ese campo. Sentí algo parecido cuando visité varias villas de emergencia en el lugar donde están los consumidores.

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones