Los «colonizados» por narcisistas

POR JUAN ALBERTO YARÍA

11.11.2019

Hugo Bleichmar vive en España, pero dejó muchos alumnos en la Argentina y en realidad sus ideas actuales nos sirven para entender los procesos de «colonización» mental y emocional de miles son siervos en manos de personalidades antisociales y de estructura narcisista. Esclavos posmodernos en manos de amos también posmodernos.

¿Cuál es la clientela de los colonizadores? En realidad, el colonizador es un patrón que dirige y somete la vida de otros. Lo que Sigmund Freud llamaba el «Amo de la muerte», dueño de posesiones, en donde el otro es solo un objeto de dominio y uso.
Jorgelina vive detrás de un hombre mayor, vendedor de drogas que le da una cierta seguridad, le infunde miedo por su violencia, pero al ser dealer le soluciona el problema de la dosis diaria.
El miedo parece ser un motor fundamental; el antisocial, un narcisista que sabe cómo imponer esta emoción y desde ahí dirige al otro. En el caso de Jorgelina satisface no solo su dependencia adictiva sino su dependencia emocional.

Criada sin padre, abandonada a sus caprichos desde niña, pero con un profundo miedo a los demás, queda a expensas de alguien que piensa por ella, la satisface frente a la inseguridad de vivir a costa de abandonarse y ser una «nadie» para el otro que la usa como un objeto. Puede ser también correo del dealer cuando él la necesita. Todo vale para satisfacer a ese «Patrón del mal» (remedando la serie de Pablo Escobar).

LOS NUEVOS «PATRONES DEL MAL»
Son interesantes las características de estos personajes que creen ser dueños de la realidad que fascinan a personalidades inmaduras, dependientes y abandonadas desde pequeña.
El narcisista antisocial tiene un sí-mismo grandioso que reniega y desconoce la realidad. Muestran ostentosamente una representación ideal de sí y con la violencia que está ahí siempre «»a la mano»» para ser ejercida con saña y falta de empatía (Otto Kernberg es el mejor estudioso de las personalidades narcisistas).

La voluntad de poder y de dominio reemplaza a la voluntad de sentido y escucha, que es la marca de lo humano. La empatía, que es la marca distintiva de lo humana y la lectura y la introspección de nuestro sí mismo, no existe en estos «Patrones del mal». Incluso generan idealización y ganas de imitarlos en sus súbditos.
La ley es una dimensión ignorada ya que su ego es la ley que además se impone de cualquier manera. Buscan adhesiones fanáticas y lo logran. Miles se pueden encolumnar detrás de estos líderes que se proponen como ley de la realidad.

Devalúan permanentemente a lo diferente a sí mismo como forma de encubrir la envidia profunda que sienten y el odio a lo distinto. Así se imponen y logran la adhesión de multitud de seres a la intemperie y máxime cuando manejan bandas, drogas, transas, explotación de mujeres, «grupos de choque», etcétera.

La dimensión de la culpa y el arrepentimiento no existe porque no hay reconocimiento del otro y de lo distinto. Es un mundo sin perspectivas. Es el mundo de lo único. Solo él es la medida de la realidad.
Son especialistas en generar fanáticos porque generan creencias en multitud de seres que viven en la intemperie afectiva. Saben incidir a través del miedo, pero fundamentalmente en inyectar el principal de los «venenos» que es el odio dividiendo el mundo en dos: los que adhieren a él y los otros que son los enemigos. Mundo de enemigos potenciales y por ende paranoico. Además, es un mundo de adhesiones automáticas. No existe proceso de reflexión es adhesión inmediata.

¿A QUIEN TRATAMOS CUANDO TRATAMOS?
Siempre y más hoy el consumidor de sustancias forma parte de sociedades paralelas. La sociedad paralela es el conjunto de relaciones marginales que se van formando por años de consumo. Su mundo se va estrechando a decenas de contactos que tienen que ver con la marginalización tanto en sectores opulentos como en poblaciones carenciadas. El cómplice suplanta al testigo; el ocultamiento a la verdad; el código al lenguaje llano.

Dejar esto y sincerarse es tan importante como el duro proceso de renuncia al consumo. La honestidad y la transparencia en Gradiva es el tercer valor de la recuperación luego de la aceptación de la enfermedad y la humildad para vencer el ego ligado a la soberbia. Todos estos trámites son necesarios para poder escuchar. La escucha es el gran desafío humano para poder aprender. Sería el aprendizaje hacia la libertad frente a la esclavitud que vivió con los amos.

Trabajar la personalidad es fundamental porque la dependencia emocional a «Patrones del mal» (valga como metáfora de la sujeción a narcisistas -antisociales) es toda una tarea de desarrollo personal en un tratamiento de rehabilitación.

Juan Alberto Yaría

* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones