Epidemia: Fragilidad humana y resiliencia

POR JUAN ALBERTO YARÍA 16.03.2020

«Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven»(José Saramago «Ensayos sobre la ceguera»)

En nuestro cómodo estar tecnológico, que fomenta en algunos la omnipotencia del contacto virtual, la egolatría del individualismo y cercados por un mundo científico que nos puede «enamorar» con la posibilidad del control de la muerte y de toda consecuencia, aparece de repente un incómodo virus que nos remite a nuestra fragilidad sustancial. Las epidemias sin remedios conocidos pueden generar una devastación social por ser de transición -rápida, inesperada e imprevisible, a veces acumulativa- y frecuentemente se extienden mucho más allá de los individuos más afectados.

Además, el pánico, las «fake news» y la polución informativa agregan una alerta indiscriminada y un goce sádico en transmitir noticias equivocadas.
En la dinámica entre devastación y recuperación es crucial la relación entre la magnitud de la sorpresa frente a lo inesperado o la acumulación de estas situaciones traumáticas, y los recursos con que cuentan las diferentes personas (alianzas familiares, sociales y no solo un carnet de prepaga o de obra social).
Una de las más devastadoras y recordadas fue la epidemia de polio en 1956 con conmovedores relatos de unión social. La fiebre amarilla llevó a la muerte de 500 personas por día y la capacidad de los cementerios (Recoleta y Parque Patricios) llevó a la construcción en tiempo rápido del Cementerio de Chacarita. Luego, tuvimos el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS), la gripe aviar, el ébola y el dengue.

CUIDAR NUESTRO SISTEMA INMUNE
El sistema inmunológico ha sido denominado como nuestro sexto sentido por la vinculación entre mecanismos humorales químicos y eléctricos con nuestro cerebro y por ende con la salud en general. Es nuestro guardián oculto y el reservorio de la vida misma.

En tiempos de soledad tecnológica y de uso masivo de alcohol y drogas, esta epidemia nos obliga a un refuerzo de todos los sistemas inmunológicos: descanso, no drogas, no alcohol, vida sana, alimentación equilibrada, noche y día y no días seguidos sin noches, el poder de la meditación y el manejo del estrés, así como también cuidar a los más grandes, que son el «descarte» de esta sociedad del rendimiento y que resultan ser el refugio de la transmisión de la sabiduría y fundamentalmente el refuerzo de los vínculos más cercanos.

Parece haber una inmunología social que es la capacidad que tiene la comunidad para unir fuerzas ante las devastaciones, epidemias, guerras, etcétera. En este sentido es muy interesante ver una propaganda actual del gobierno chino ante los resultados de superación de la epidemia en donde un conjunto de jóvenes se saca los barbijos y dicen: «todos lo hemos hecho».

Gran problema, este, en nuestro país en tiempos de soledad prestigiada en donde muchos incluso valoran como señal de libertad el «toco y me voy». Mientras tanto el coronavirus nos enseña que estos son tiempos de alianza familiar y de alianza social.

REFORZAR LA INMUNOLOGIA SOCIAL
La inmunología social responde a la capacidad para fortalecer el capital social, humano e institucional que tienen todas las comunidades. Es una vacuna diferente que llama a la asociación ante los males sociales.
Traslado a ustedes una experiencia que realizamos con el equipo presidido por la Dra. Judith Landau y el Dr. Stanton, ambos de los Estados Unidos y que son expertos en manejo de desastres y epidemia. Esto lo realizamos en la década del 90 en la Provincia de Buenos Aires y se replicó en Kosovo (zona de guerra), Búfalo (Nueva York) y Taiwán.

Este programa fue premiado en diversos organismos internacionales y en la Provincia de Buenos Aires (donde lideré un organismo preventivo desde 1993 al 2000) logramos bajar la tasa de incidencia de las adicciones y del VIH, que era una epidemia sin remedios conocidos, siendo además las drogas un factor de riesgo para el crecimiento exponencial del VIH.

Junto con autoridades del Hospital Muñiz, a cargo del Dr. Jorge Benetucci, realizamos una encuesta multicéntrica en distintas zonas de la Provincia y observamos que en las poblaciones alcanzadas por una estrategia preventiva basada en la formación de Líderes para el Cambio (agentes comunitarios) y por Escuelas para Padres centradas la detección precoz y el alerta temprana (desde los inicios de la escuela) la incidencia del VIH era del 17%, mientras que en consultorios de Capital y otras Provincias no alcanzada por la estrategia preventiva la infección llegaba al 87%. Esto adquiere importancia porque el VIH no tenía en ese momento tratamiento posible.

En el 1993 se tardaba en llegar hasta la primera consulta 8 años en 1999 bajamos a 4 años. Otra vez el refuerzo de alianzas sociales y de prevención triunfó e incluso en épocas de implantación del narcotráfico en todo el país y de la cultura del consumo banalizado.

En tiempos de estrés o trauma, las personas tienden a aislarse, suelen quedar desconectadas de los vínculos familiares y comunitarios que podrían ayudar a su recuperación. La resiliencia comunitaria implica la capacidad de sostener la esperanza y la fe de una comunidad para resistir el trauma y la pérdida mayor, para superar la adversidad y prevalecer, generalmente con un aumento en los recursos, las competencias, y la conectabilidad entre personas y sistemas.
Es esencial que los profesionales convocados para asistir a comunidades en tiempos de transición o pérdida mayor, trabajen colaborativamente con los miembros de la comunidad para hacer visibles los recursos -tangibles e intangibles- que dicha comunidad posee.

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones